Recorriendo el mundo del corazón

Leamos Colosenses 3:15–16.

«Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la cual asimismo sois llamados en un cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros con salmos e himnos y canciones espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor».

Cada nación procura hacer de su país un lugar magnífico y hermoso. Las ciudades también buscan embellecerse plantando árboles en las calles, colocando esculturas en las plazas y añadiendo diversos adornos a los edificios. Lo mismo sucede con los hogares. Las personas cuelgan cuadros, colocan flores y llevan distintos objetos decorativos para embellecer las casas donde viven.

Sin embargo, existe otro mundo dentro de cada persona, un mundo invisible a los ojos. Es el mundo del corazón. Las personas adornan su corazón con toda clase de cosas. Y así como viven en las casas que han decorado, también viven dentro del mundo que han adornado en su propio corazón.

Una tierra contaminada por los ídolos

Cuando el apóstol Pablo llegó a Atenas, se indignó profundamente al ver que la ciudad estaba llena de ídolos (Hechos 17:16). Atenas era famosa por su filosofía, sus conocimientos y su arte, pero estaba llena de templos, altares y estatuas dedicados a numerosos dioses. Al caminar por las calles, las personas encontraban ídolos; al llegar a las plazas, encontraban ídolos; y al entrar en los templos, también encontraban ídolos. Lo que adornaba aquella ciudad eran precisamente los ídolos.

Encontramos algo semejante en la historia de Israel y Judá. Los reyes que se apartaron de Dios adoraron a Baal, levantaron imágenes de Asera y establecieron lugares altos donde el pueblo ofrecía sacrificios a los ídolos. Como resultado, la tierra del pueblo escogido por Dios quedó contaminada por la idolatría.

Acab, rey del reino del norte de Israel, se casó con Jezabel, hija del rey de Sidón. Después construyó un templo para Baal en Samaria, levantó un altar e incluso hizo una imagen de Asera (1 Reyes 16:31–33). El pueblo veía por todas partes los altares de Baal y las imágenes de Asera, y terminó cometiendo la maldad de adorar ídolos vanos.

Manasés, rey del reino del sur de Judá, fue todavía peor. Levantó altares para dioses extranjeros y colocó una imagen de Asera dentro del templo de Jehová (2 Reyes 21:3–7). Puso ídolos precisamente en el lugar que había sido apartado para adorar a Dios. Había ídolos en los lugares altos, y también los había dentro del templo de Dios. La tierra del pueblo que debía adorar a Dios quedó contaminada por los ídolos. El pueblo siguió a su rey en la idolatría, y la Escritura da testimonio de que cometieron males aún mayores que los de las naciones paganas.

Una tierra donde fueron quitados los ídolos y establecida la Palabra de Dios

Cuando surgieron reyes que temían a Dios, el aspecto de la nación cambió. El rey Ezequías quitó los lugares altos, quebró las columnas sagradas y cortó las imágenes de Asera. Incluso destruyó la serpiente de bronce que Moisés había hecho, porque el pueblo había comenzado a venerarla como un ídolo (2 Reyes 18:4).

El rey Josías fue aún más riguroso. Cuando escuchó las palabras del Libro de la Ley que había sido encontrado en el templo, rasgó sus vestidos en señal de arrepentimiento. Sacó del templo todos los objetos fabricados para Baal y Asera y los quemó. También eliminó los lugares altos y las imágenes de toda la nación (2 Reyes 23). Después celebró la Pascua delante de Jehová junto con el pueblo.

Los reyes que temían a Dios quitaron los ídolos y restauraron en su lugar la Palabra de Dios y la adoración. Donde antes se ofrecían sacrificios a los ídolos, se restauró la adoración a Dios. La Palabra de Dios, que había sido olvidada, volvió a leerse, y las fiestas del Señor, que habían dejado de celebrarse, fueron observadas nuevamente.

Cuando cambió aquello que llenaba la nación, también cambió lo que el pueblo veía y escuchaba. Lo mismo sucede con el corazón humano. El mundo del corazón cambia según aquello que una persona establece dentro de él.

Un corazón lleno de muerte

Hay personas que viven con su corazón adornado por la ley del pecado y de la muerte.

Cuando una persona así recorre el mundo de su corazón, encuentra el pecado en una calle. Al doblar por otra, la espera la condenación. En la plaza se levanta el temor al juicio, y en lo más profundo de su corazón se extiende la sombra de la muerte.

Mire hacia donde mire, encuentra muerte. Vaya hacia donde vaya, encuentra muerte. Por más que recorra aquel mundo, no consigue encontrar esperanza alguna.

Judas Iscariote es un ejemplo representativo de alguien cuyo corazón llegó a estar lleno de pensamientos de pecado y muerte.

Después de entregar a Jesús por treinta piezas de plata, comprendió que había entregado sangre inocente y sintió una profunda angustia. Por eso intentó devolver las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos. Pero ellos no prestaron atención a su sufrimiento. Judas arrojó las monedas en el templo, salió y se quitó la vida.

Judas reconoció su pecado y lamentó profundamente lo que había hecho, pero la gracia de Dios que perdona los pecados y la esperanza de salvación no encontraron lugar en su corazón. Al recorrer el mundo de su corazón, solo encontraba pensamientos que lo condenaban. Dondequiera que miraba, veía su pecado; dondequiera que se volvía, veía el juicio. Sin encontrar descanso en ningún lugar, finalmente se quitó la vida.

Un corazón lleno de gozo y alabanza

Sin embargo, hay personas cuyo corazón está abundantemente adornado con la Palabra llena de gracia de Dios.

Una persona así camina por una calle de su corazón y encuentra estas palabras:

«Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).

Al contemplar estas palabras, recuerda nuevamente la gracia de Dios que la ha liberado de la condenación. Y en lo profundo de su corazón brota el gozo al comprender que, por medio de Jesucristo, ya no está bajo condenación.

Al caminar por otra calle, encuentra estas palabras que la esperan:

«Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

Al detenerse ante estas palabras, recuerda cuánto la ha amado Dios. Al pensar que Cristo murió por ella no cuando era justa, sino cuando todavía era pecadora, queda profundamente conmovida por el amor de Dios.

Continúa recorriendo el mundo de su corazón. Esta vez, otras palabras llaman su atención:

«Y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:28).

Al contemplar estas palabras, da gracias a Jesús por haberle dado vida eterna. Y al pensar en la mano del Señor que la sostiene firmemente, encuentra paz.

Al caminar hacia otro lugar, encuentra estas palabras:

«No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13:5).

Cada vez que enfrenta dificultades, vuelve su mirada hacia esta promesa. Aunque las personas puedan abandonarla y todo en el mundo pueda cambiar, recupera las fuerzas al recordar que Dios ha prometido no dejarla ni desampararla.

Mientras recorre el mundo de su corazón, encuentra gracia aquí y amor allá. En una calle disfruta del gozo del perdón, y en otra descubre la esperanza de la vida eterna.

Mire hacia donde mire, hay esperanza. Vaya hacia donde vaya, hay vida.

La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia

El apóstol Pablo dijo a los creyentes de Colosas:

«Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones» (Colosenses 3:15).

Y continuó diciendo:

«La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia» (Colosenses 3:16).

Cuando la Palabra de Cristo habita abundantemente en nuestros corazones, disfrutamos de la gracia y del amor de Dios por medio de esa Palabra. Asimismo, cuando los creyentes se reúnen, se enseñan y exhortan unos a otros mediante la misma Palabra, compartiendo entre sí la gracia de Dios.

De este modo, la paz de Cristo y la gratitud abundan no solo en el corazón de cada persona, sino también en la comunidad de la iglesia. Y los creyentes llegan a alabar a Dios con «salmos e himnos y canciones espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor».

Cómo puede el Creador

Veamos 1 Juan 3:1.

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios».

El amor del centurión por su siervo y sus límites

En Mateo 8 encontramos la historia de un centurión que acudió a Jesús por causa de su siervo, que estaba en casa paralítico y gravemente atormentado.

En aquel tiempo, los romanos no consideraban a los esclavos como miembros independientes de la sociedad. Estaban bajo la autoridad de sus amos y, legalmente, su condición se acercaba en muchos aspectos a la de una propiedad. Por eso, cuando un esclavo enfermaba, podía ocurrir que su amo lo viera más desde la perspectiva de la pérdida de trabajo y de propiedad que desde la perspectiva del sufrimiento de una persona.

Sin embargo, el centurión acudió a Jesús por su siervo, que estaba paralítico y sufría terriblemente. Lucas describe a este siervo como alguien a quien el centurión «quería mucho» (Lc 7:2). Esto nos permite comprender cuánto apreciaba el centurión a su siervo enfermo.

Jesús vio la fe del centurión, le mostró su gracia y sanó a su siervo.

El amor del Creador que dio su vida por sus criaturas

Por mucho que el centurión amara a su siervo, no habría sido fácil entregar su propia vida por él. El ser humano considera su propia vida más preciosa que cualquier otra cosa. Sin embargo, lo asombroso es que Jesús entregó voluntariamente su vida por nosotros, y lo hizo por seres humanos que Él mismo había creado.

¿Cómo puede el Creador entregar su vida por las criaturas que Él mismo hizo? Que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera por los seres humanos que Él mismo creó es un amor que la sabiduría humana no puede explicar. Por eso Juan dijo: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Jn 3:1).

La expresión «cuál amor» va más allá de decir simplemente «cuánto amor». Contiene un profundo asombro: «¡¿Qué clase de amor puede ser este?!».

La Escritura dice:

«Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:7–8).

Si el siervo del centurión hubiera sido un hombre malvado que desobedecía a su amo y malgastaba sus bienes, ¿habría acudido el centurión a Jesús por él? No es fácil imaginar que algo así hubiera sucedido. Sin embargo, cuando nosotros, sus criaturas, nos habíamos convertido en enemigos de Dios y nos oponíamos al mismo Dios que nos creó, Jesús entregó su propia vida por nosotros. ¿Cómo podemos explicar un amor tan asombroso?

Un amor “maravilloso” que sobrepasa la razón humana

David, hablando del Dios que lo conocía por completo, dijo: «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender» (Sal 139:6). Aquí, la palabra «maravilloso» expresa algo tan extraordinario y asombroso que la sabiduría humana no puede comprenderlo plenamente.

También nosotros podemos decir que el amor de Dios es maravilloso. El amor de Dios es un amor asombroso cuya profundidad y razón no podemos comprender plenamente mediante nuestra razón y nuestra experiencia.

Somos objeto del inmenso amor de Dios. Sin embargo, muchas personas no saben cuánto las ama Dios. Algunas incluso piensan que Dios las odia o las ha abandonado. El diablo hace que fijemos nuestra mirada en nuestros pecados y fracasos en vez de mirar a Dios, llevándonos así a dudar de su amor.

La cruz: la evidencia que destruye la mentira del diablo

Pero la cruz declara que eso es mentira.

El hecho de que Jesús muriera por nosotros no cuando éramos justos, sino cuando aún éramos pecadores, demuestra que somos objeto del inmenso amor de Dios. Por eso, en vez de mirar solamente nuestros pecados y fracasos y dudar del amor de Dios, debemos mirar a Jesús, quien soportó por nosotros los azotes y el sufrimiento de la cruz.

La Escritura dice: «El que confía en su propio corazón es necio» (Pr 28:26). Nuestro corazón tiene una fuerte tendencia a juzgarnos según nuestras obras. Pero en la Palabra de Dios se manifiesta el amor que Dios nos mostró primero cuando aún éramos pecadores.

Si queremos saber cómo nos ha amado Dios, no debemos mirar solamente a nosotros mismos, sino mirar a Jesucristo. Juan dice: «En esto consiste el amor».

«En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:9–10).

El apóstol Pablo dijo que consideraba todas las cosas como pérdida «por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Fil 3:8). Cuanto más conocemos a Jesús, más comprendemos cuánto nos ha amado Dios; y cuanto más comprendemos ese amor, más profundo se hace nuestro amor por Dios.

El gozo de conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento

Sin embargo, por mucho que lleguemos a conocer el amor de Cristo, nunca podremos comprenderlo por completo. Pablo oró:

«Seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef 3:18–19).

El amor de Cristo es un amor que podemos conocer y, al mismo tiempo, un amor que sobrepasa nuestro conocimiento. Vamos conociendo su anchura, su longitud, su altura y su profundidad, pero por mucho que lleguemos a conocerlo, nunca podremos alcanzar su fin.

El amor de Dios hacia nosotros es tan maravilloso que nuestra sabiduría nunca podrá comprenderlo plenamente. Sin embargo, Dios nos ha manifestado ese amor por medio de Cristo. A medida que conocemos ese amor, vivimos agradecidos y nos regocijamos en él.

La misericordia triunfa sobre el juicio

Leamos Lamentaciones 3:21–23.

“Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré. Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”

Esto ocurrió una vez en un pequeño centro comercial. Desde temprano por la mañana, un hombre estaba sentado en un rincón, escribiendo diligentemente algo en una hoja de papel. Pasó una hora, luego dos, pero él no se movió de su lugar. Incluso después de la hora del almuerzo seguía allí sentado. Los dueños de los comercios comenzaron a preocuparse.

El dueño de un restaurante le llevó algo de comida. Pero el hombre se enojó y preguntó por qué lo trataba como a un mendigo, así que el dueño no tuvo más remedio que llevarse la comida. Sin embargo, cuando llegó la tarde y vieron que seguía sin comer nada y no hacía otra cosa que escribir, ya no pudieron quedarse tranquilos. Esta vez, dejaron discretamente algo de comida a su lado y se alejaron rápidamente.

Aunque el hombre se enojara por orgullo, ellos no podían soportar dejarlo sin comida al pensar en el sufrimiento que estaba padeciendo por el hambre. Esto es tener un corazón compasivo.

Lo vio y tuvo compasión de él

En Lucas 10 aparece un hombre que cayó en manos de ladrones y quedó casi muerto. Bajaba de Jerusalén a Jericó cuando fue atacado por ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y lo abandonaron casi muerto. Un sacerdote y un levita lo vieron, pero pasaron de largo. Sin embargo, un samaritano que iba de viaje lo vio y tuvo compasión de él. Se acercó, derramó aceite y vino sobre sus heridas y las vendó. Después lo puso sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él.

Aquel hombre ni siquiera podía gritar pidiendo ayuda. Estaba casi muerto y no podía emitir ningún sonido. Sin embargo, la compasión que alguien sintió por él le salvó la vida.

Lo mismo ocurrió cuando Jesús se acercó a la ciudad de Naín. Había muerto el hijo único de una viuda, y la gente llevaba su cuerpo. Cuando Jesús vio a la viuda, tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”. Luego tocó el féretro y dijo: “Joven, a ti te digo, levántate” (Lc 7:14). Entonces el joven que había muerto volvió a la vida.

El hombre que pasó todo el día escribiendo en un rincón del centro comercial, el hombre que cayó en manos de ladrones y el hijo muerto de la viuda: no era importante cómo habían vivido. La condición de una persona no puede impedir la compasión. Por eso, la misericordia triunfa sobre el juicio.

La misericordia que transforma la desesperación en esperanza

El profeta Jeremías estaba sumido en la desesperación. La ciudad de Jerusalén y el templo habían sido completamente destruidos por Babilonia. La nación había caído, y muchísimas personas habían muerto o habían sido llevadas cautivas. Jeremías contempló con sus propios ojos aquella destrucción y clamó a Dios.

Pero cuando recordó que la misericordia y la compasión de Dios no tienen fin, su desesperación se convirtió en esperanza. Debido a que la compasión de Dios no tiene límite, adquirió la certeza de que él y su pueblo no serían completamente destruidos. Así como después de la noche oscura sale inevitablemente el sol de la mañana, creyó que Dios ciertamente tendría compasión de ellos.

Jeremías confesó: “Grande es tu fidelidad”. Aquí, “fidelidad” significa una fidelidad inmutable. Es la confesión de que las promesas y el amor de Dios no cambian de ayer a hoy. Jeremías no dudaba en absoluto de que Dios tendría compasión del pueblo al que amaba.

Dios tuvo compasión de nosotros

Nosotros éramos personas que nos habíamos apartado de Dios, nos habíamos convertido en siervos del diablo y habíamos provocado la ira de Dios. Aunque hubiéramos sido destruidos, no habríamos tenido nada que alegar. Sin embargo, Dios nos vio sufriendo como siervos del diablo. Y aunque estábamos en el camino de la perdición sin siquiera darnos cuenta, tuvo compasión de nosotros.

Cuando las personas crucificaron a Jesús junto con dos malhechores, Jesús oró así:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).

Debajo de la cruz, los soldados echaban suertes para repartirse las vestiduras de Jesús. El pueblo y los gobernantes se burlaban de Él diciendo que había salvado a otros y que ahora se salvara a sí mismo. Incluso los soldados se burlaban de Él, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc 23:37).

Pero Jesús no los maldijo. Por sus obras merecían ser maldecidos, pero Jesús, en cambio, tuvo compasión de ellos en su ignorancia. Esta infinita compasión de Jesús fue la que nos salvó.

Nosotros también, en nuestra ignorancia, desconfiamos de Dios y nos opusimos a Él. Cuando pensamos en lo que nosotros, criaturas, hemos hecho delante del Creador, éramos personas que, aunque recibiéramos la destrucción eterna una y otra vez, no tendríamos nada que decir. Pero Dios vio nuestra ignorancia y tuvo compasión de nosotros.

Si un cachorro estuviera ladrando delante de un león, sentiríamos pena por él porque no comprende lo temible que es el león. Querríamos apartarlo del león y llevarlo a un lugar seguro. Eso es compasión.

También nosotros fuimos salvados del pecado porque Dios tuvo compasión de nosotros. Sin esa compasión, habríamos perecido eternamente en nuestra ignorancia.

No podemos hacer otra cosa que arrodillarnos ante la compasión de Dios y darle gracias. La compasión de Dios es mayor que nuestro pecado, más profunda que nuestra ignorancia y, aun en medio del juicio que merecíamos, su compasión abrió para nosotros un camino de vida.

Dad gracias en todo

Leamos Juan 9:1–3.

“Y pasando Jesús, vió un hombre ciego desde su nacimiento. Y preguntáronle sus discípulos, diciendo: Rabbí, ¿quién pecó, éste ó sus padres, para que naciese ciego? Respondió Jesús: Ni éste pecó, ni sus padres: mas para que las obras de Dios se manifiesten en él.” (Juan 9:1–3)

Cada persona nace en condiciones y circunstancias diferentes. Algunos nacen en familias acomodadas donde no les falta nada, mientras que otros nacen en hogares que sufren constantemente por las deudas y la pobreza. Algunos nacen con buena salud, mientras que otros nacen débiles o enfermos. También hay quienes nacen con dificultades físicas o características que los hacen sentirse muy conscientes de las miradas de los demás.

Nadie desearía nacer en condiciones desfavorables. Sin embargo, las circunstancias y condiciones en las que nacemos están fuera de nuestro control. La Biblia nos enseña a contemplar nuestra vida y cada aspecto de nuestra existencia bajo la soberanía de Dios.

Entonces, ¿significa esto que quien nace en condiciones más difíciles que los demás ha sido tratado injustamente? No necesariamente. Sorprendentemente, muchas veces vemos que precisamente entre quienes han experimentado mayores dificultades y carencias surgen una gratitud y una alabanza aún más profundas hacia Dios.

Porque nació ciego

Pensemos en el hombre del pasaje de hoy, que había nacido ciego.

Él nació sin poder ver, sin que hubiera cometido ninguna falta que causara aquella condición. Jesús declaró claramente que no había nacido ciego por su propio pecado ni por el pecado de sus padres.

Quizá aquel hombre pudo haber lamentado profundamente su situación. Sin embargo, Dios hizo algo maravilloso en su vida. Jesús abrió sus ojos, y por medio de aquel acontecimiento el hombre pudo comprender claramente que Jesús había venido de Dios.

Cuando la gente interrogaba al hombre e intentaba acusar a Jesús de ser pecador, él no negó lo que había sucedido. Al contrario, habló con valentía:

“Por cierto, maravillosa cosa es ésta, que vosotros no sabéis de dónde sea, y á mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye á los pecadores: mas si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, á éste oye. Desde el siglo no fué oído, que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera de Dios, no pudiera hacer nada.” (Juan 9:30–33)

Si aquel hombre no hubiera nacido ciego, quizá nunca habría experimentado aquella gracia mediante la cual llegó a conocer y creer profundamente en Jesús.

Esperé pacientemente a Jehová

Cuando oramos a Dios por diferentes problemas, hay ocasiones en las que Él no responde inmediatamente a lo que pedimos. Pero tampoco esto debe convertirse en motivo para murmurar contra Dios. Cuando finalmente Dios responde a nuestra oración, nuestros labios se llenan del fruto de la alabanza, tal como dice la Escritura:

“Entonces nuestra boca se hinchió de risa, y nuestra lengua de alabanza…” (Salmos 126:2)

David también clamó fervientemente a Dios y hubo ocasiones en las que no recibió una respuesta inmediata. En Salmos 40:1 confesó:

“Resignadamente esperé á Jehová, é inclinóse á mí, y oyó mi clamor.” (Salmos 40:1)

Había esperado tanto la respuesta de Dios que expresó la intensidad de aquella espera diciendo que había esperado pacientemente a Jehová.

Pero cuando finalmente Dios escuchó su oración, David cantó:

“E hízome sacar de un lago de miseria, del lodo cenagoso; y puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca canción nueva, alabanza á nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y esperarán en Jehová.” (Salmos 40:2–3)

Ana, la madre del profeta Samuel, también pasó por una experiencia semejante. Durante muchos años no tuvo hijos y oró con lágrimas. Pero cuando finalmente recibió a Samuel por la gracia de Dios, alabó diciendo:

“Mi corazón se regocija en Jehová, mi cuerno es ensalzado en Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salud. No hay santo como Jehová: porque no hay ninguno fuera de ti; y no hay refugio como el Dios nuestro.” (1 Samuel 2:1–2)

Así, porque hubo espera, existe una verdadera gratitud; y porque hubo lágrimas, puede surgir una alabanza profunda.

Si esto es así, ¿cómo podría decirse que la demora de la respuesta de Dios es solamente una causa de infelicidad?

Para la gloria de Dios

Las personas a menudo piensan que la desgracia entró en la humanidad por causa del pecado de Adán y dicen: “Si Adán no hubiera pecado, habríamos sido más felices.”

Sin embargo, el pecado de Adán no terminó únicamente en desgracia, porque a través de la redención llegamos a descubrir el maravilloso amor de Dios hacia nosotros: un amor tan grande que entregó a Su Hijo unigénito por nuestra salvación.

Cuando Lázaro enfermó, sus hermanas enviaron a avisar a Jesús. Entonces Jesús dijo:

“Esta enfermedad no es para muerte, mas por gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” (Juan 11:4)

Por esto podemos comprender que Dios desea ser glorificado también por medio de las cosas que permite en nuestra vida.

Por lo tanto, aun cuando enfrentamos diversas pruebas, no perdemos nuestra esperanza en Dios, porque creemos que, finalmente, por medio de esas mismas circunstancias, Dios hará brotar de nuestros labios el fruto de la alabanza y recibirá gloria.

El perdido

Leamos Lucas 19:10.

“Porque el Hijo del hombre vino á buscar y á salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:10)

Cuando una oveja está junto a su pastor, no necesita buscarlo. Pero cuando se pierde, comienza a buscar al pastor. Es semejante a una persona sana, que no busca al médico, mientras que el enfermo sí lo necesita.

Cuando el hijo menor que tomó los bienes de su padre todavía vivía con él, no tenía razón para buscarlo. Pero después de marcharse a una provincia apartada y malgastar todo lo que tenía viviendo perdidamente, llegó a padecer hambre. Entonces comenzó a recordar y a añorar la casa de su padre.

De la misma manera que la oveja perdida busca al pastor y el hijo menor vuelve su corazón hacia su padre, aquel que reconoce su necesidad y busca a Dios es como el perdido a quien Dios busca.

Jesús busca a los perdidos

Jesús vino a este mundo buscando a los perdidos, porque el perdido necesita un Salvador. Cuando observamos a las personas que Jesús encontró y a quienes mostró Su gracia en la Biblia, vemos que muchas de ellas estaban profundamente necesitadas de salvación.

Así sucedió con la mujer samaritana que Jesús encontró junto al pozo. Cuando ella reconoció que Jesús era profeta, le dijo:

“Sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice el Cristo: cuando él viniere nos declarará todas las cosas.” (Juan 4:25)

Jesús no vio simplemente a una mujer que vivía con un hombre que no era su marido. A los ojos de las personas, aquella mujer podía parecer alguien con muchos problemas, pero Jesús miró más profundamente y vio en su corazón a una mujer que esperaba al Mesías.

Así como dice la Escritura:

“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón.” (1 Samuel 16:7)

Jesús miró el corazón de aquella mujer.

Lo mismo ocurrió con el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo y a quien Jesús encontró junto al estanque de Bethesda. Cuando Jesús le preguntó: “¿Quieres ser sano?”, él respondió:

“Señor, no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de mí ha descendido.” (Juan 5:7)

Cada vez que el agua del estanque de Bethesda se agitaba, aquel hombre intentaba llegar por sus propias fuerzas antes que los demás. Pero, contrario a lo que deseaba, siempre veía que otra persona entraba primero.

A medida que aquello se repetía, fue llegando a su corazón la desesperanza de comprender: “No puedo hacerlo por mis propias fuerzas.” Finalmente llegó a reconocer que necesitaba a alguien que lo ayudara, alguien que lo salvara. Jesús vio precisamente aquella necesidad que había en su corazón.

Zaqueo también era un hombre así.

El hecho de que subiera a un árbol sicómoro porque deseaba ver quién era Jesús nos muestra cuánto anhelaba verlo. Siendo jefe de los publicanos, estuvo dispuesto a exponerse a las miradas de la gente y subir a un árbol.

Su deseo de ver a Jesús probablemente no procedía solamente de la curiosidad, sino también de una profunda sed interior que ninguna cosa de este mundo había podido satisfacer. Jesús no pasó de largo ante aquel hombre, sino que lo llamó personalmente.

Si me buscáis

Lo mismo sucede con nosotros cuando recibimos la gracia de Dios.

Buscamos a Dios por diferentes razones. Algunas personas lo buscan porque descubren su propia debilidad y maldad al no poder vencer el pecado. Otras buscan a Dios a causa de una enfermedad, un sufrimiento o un problema que saben que jamás podrán resolver por sus propias fuerzas.

En la Biblia encontramos muchas personas que recibieron gracia al buscar a Jesús.

Así ocurrió con la mujer que había padecido flujo de sangre durante doce años. También con la mujer sirofenicia que sufría por su hija atormentada por un espíritu inmundo, y con Bartimeo, el mendigo ciego.

Por eso Jeremías 29:13 dice:

“Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” (Jeremías 29:13)

En los días de Jesús, los fariseos y los escribas no recibieron Su gracia porque no buscaban sinceramente a Jesús, sino la gloria de los hombres.

También hoy hay muchas personas que no llegan a encontrarse con Jesús porque aman y buscan otras cosas en lugar de buscarlo a Él.

Dios nos llama primero

Sin embargo, aquí debemos considerar algo más.

Antes de que nosotros buscáramos a Dios, Dios nos llamó primero.

Isaías 65:2 dice:

“Extendí mis manos todo el día á pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.” (Isaías 65:2)

En realidad, todos necesitamos la gracia de Dios. En ese sentido, todos somos personas perdidas.

El problema es que muchos no saben que están perdidos. La persona engañada por el Diablo piensa que no necesita la ayuda de Dios. Cree que puede vivir perfectamente sin Él.

Pero el pobre de espíritu es diferente.

Sabe que necesita absolutamente a Dios. Y es precisamente esa persona la que oye la voz de Dios que la llama:

“Y ahora, así dice Jehová Criador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” (Isaías 43:1)

Jesús es mi Señor

Leamos 1 Corintios 12:3.

“Por tanto, os hago saber que nadie que hable por Espíritu de Dios, llama anatema á Jesús; y nadie puede llamar á Jesús Señor, sino por Espíritu Santo.” (1 Corintios 12:3)

Las personas desean tener la certeza de que realmente han sido salvas. Si tenemos una clara seguridad de que somos hijos de Dios, no nos parecerá una pérdida entregarnos a nosotros mismos por el evangelio; al contrario, lo consideraremos un honor. Y servir a Dios será para nosotros motivo de verdadero gozo y felicidad.

El apóstol Juan también escribió en su carta a la iglesia:

“Estas cosas he escrito á vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.” (1 Juan 5:13)

Estas palabras nos muestran que incluso quienes ya creen en Jesús pueden, en ocasiones, no tener plena certeza de que poseen la vida eterna.

La Biblia nos muestra de diversas maneras cómo podemos confirmar que hemos recibido la salvación. Una de ellas es nuestra confesión de que hemos recibido el perdón de los pecados. Esto se debe a que comprender el evangelio del perdón de los pecados y creerlo no es algo que pueda suceder sin la ayuda de Dios.

2 Corintios 6:2 dice:

“Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salud te he socorrido: he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salud.” (2 Corintios 6:2)

Haciendo abundar en nosotros toda sabiduría e inteligencia

Algunas personas piensan que pueden creer en Jesús cuando quieran, con solo proponérselo. Pero no es así. Quien piensa de esa manera no comprende cuán astutamente el Diablo mantiene cautiva la mente de las personas.

El Diablo engaña cuidadosamente al ser humano para impedirle creer en Jesucristo. Por eso 2 Corintios 4:4 dice:

“En los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” (2 Corintios 4:4)

Por lo tanto, para que una persona sea salva necesita la ayuda de Dios. Veamos Efesios 1:7–9.

“En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia, que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría é inteligencia; descubriéndonos el misterio de su voluntad, según su beneplácito, que se había propuesto en sí mismo.” (Efesios 1:7–9)

Aquí encontramos unas palabras muy importantes:

“Que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría é inteligencia; descubriéndonos el misterio de su voluntad.”

Con nuestra propia sabiduría nos resulta difícil comprender el evangelio de Jesucristo. Por eso Dios debe darnos sabiduría e inteligencia.

El hecho de que hayamos llegado a comprender el evangelio del perdón de los pecados no significa que lo hayamos conseguido por nuestra propia capacidad, sino que Dios nos lo dio a conocer.

Jesús preguntó a Sus discípulos:

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mateo 16:15)

Entonces Pedro respondió:

“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Y Jesús le dijo:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos.”

Pedro llegó a comprender que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, porque Dios se lo reveló.

De la misma manera, si nosotros hemos comprendido el misterio del evangelio —que hemos recibido el perdón de nuestros pecados por medio de la sangre de Jesucristo— es porque Dios nos lo ha dado a conocer.

Por eso la Escritura dice:

“Nadie puede llamar á Jesús Señor, sino por Espíritu Santo.”

En Su Hijo

Muchas personas piensan que primero deben recibir el perdón de sus pecados y llegar a ser santas para poder entrar en Cristo. Sin embargo, la Escritura enseña algo diferente.

Veamos Colosenses 1:13–14.

“Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados.” (Colosenses 1:13–14)

Aquí debemos prestar especial atención a estas palabras:

“En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados.”

La Escritura dice que recibimos el perdón de los pecados “en Su Hijo”.

Dios nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su amado Hijo. Y en Su Hijo nos dio sabiduría e inteligencia para que pudiéramos comprender el evangelio del perdón de los pecados.

Por lo tanto, el hecho de que hayamos recibido el perdón de los pecados no significa simplemente que nuestros pecados hayan sido quitados. También muestra que ya estamos en Cristo.

Los que han recibido misericordia

Dios quiere que todos los hombres sean salvos. Sin embargo, no todos reciben la salvación. Para ser salvos necesitamos la misericordia de Dios. Romanos 9:15–16 dice:

“Mas á Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré. Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Romanos 9:15–16)

En la Biblia encontramos muchas personas que recibieron la misericordia de Jesús. Si las observamos atentamente, veremos que ninguna de ellas era como una persona sana que no necesita médico; eran personas enfermas que necesitaban al Médico, tal como Jesús enseñó.

¿Y qué vemos cuando nos examinamos a nosotros mismos?

Somos ignorantes y, además, orgullosos, de modo que podemos parecer personas muy alejadas de merecer la misericordia de Dios. Sin embargo, a pesar de todo esto, hemos recibido el perdón de nuestros pecados.

Esto significa que hemos recibido la misericordia de Dios.

Por lo tanto, el hecho de que podamos decir que todos nuestros pecados han sido perdonados constituye una poderosa evidencia de que, por la misericordia de Dios, hemos sido trasladados a Cristo y ahora estamos en Él.

Como dice la Escritura:

“Porque no es de todos la fe.” (2 Tesalonicenses 3:2)

Del mismo modo, afirmar con fe que hemos recibido el perdón de nuestros pecados no es algo que cualquiera pueda hacer por sí mismo.

La verdad os hará libres

Leamos Juan 8:32.

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará.” (Juan 8:32)

Una joven fue a visitar la casa de una amiga y allí fue violada por un hombre. Como consecuencia de aquella agresión quedó embarazada. Aunque ella rechazaba a aquel hombre, decidió casarse con él pensando en el hijo que llevaba en su vientre. Sin embargo, él se negó a casarse con ella. Cuando el padre de la joven se enteró de lo sucedido, insistió firmemente en que interrumpiera el embarazo. Finalmente, incapaz de resistir la presión de su padre, la joven abortó.

Después de aquello, quedó profundamente atormentada por la culpa, pensando que había quitado la vida al hijo que llevaba en su vientre. Como no soportaba la idea de volver a encontrarse con aquel hombre, emigró a otro país. Sin embargo, por muy lejos que se fuera, no podía escapar del sentimiento de culpa por lo que había hecho.

Entonces comenzó a asistir a una iglesia. Cada vez que iba, lloraba y pedía a Dios que perdonara su pecado, pero aun así no podía librarse de la culpa.

Pensó que quizá podría aliviar aquella carga ayudando a muchas personas necesitadas. Por eso, a medida que ganaba dinero, ayudaba a quienes atravesaban dificultades económicas. Pero por muchas buenas obras que hiciera, el dolor de su corazón no desaparecía.

Cuando ya estaba completamente agotada, asistió por recomendación de una persona conocida a un seminario bíblico. Allí escuchó estas palabras:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29)

En aquel momento comprendió que su propio pecado también estaba incluido en “el pecado del mundo” que Jesús había llevado. Y llegó a creer que todos sus pecados habían sido perdonados porque Jesús había recibido en la cruz el castigo en su lugar.

Entonces una alegría y una paz indescriptibles llenaron su corazón. Finalmente pudo ser liberada de la culpa y de la condenación que la habían atormentado tan cruelmente.

Ella no obtuvo esa libertad por sus propios esfuerzos. Tampoco la consiguió haciendo buenas obras para ayudar a los demás, ni solamente llorando y orando. Pero cuando escuchó la Palabra de Dios y creyó en Jesucristo, encontró libertad.

Salmos 107 dice:

“Su alma abominó toda vianda, y llegaron hasta las puertas de la muerte. Mas clamaron á Jehová en su angustia, y salvólos de sus aflicciones. Envió su palabra, y curólos, y librólos de su ruina.” (Salmos 107:18–20)

Dios envía Su Palabra, sana a las personas y las libra de su ruina.

Cornelio fue salvo por medio de la Palabra

En Cesarea vivía un hombre llamado Cornelio. Era centurión de una compañía llamada la Italiana. Era un hombre piadoso que temía a Dios con toda su casa, daba muchas limosnas al pueblo y oraba siempre a Dios.

Si las obras humanas fueran una condición para recibir la salvación, Cornelio parecería ser una de las personas más dignas de ser salvas. Sin embargo, nadie puede ser justificado delante de Dios por sus propias obras.

Por eso Dios envió a Pedro a la casa de Cornelio para que le anunciara el evangelio de Jesucristo.

Cuando Pedro llegó, Cornelio había reunido a sus parientes y amigos más cercanos para escuchar la Palabra. Entonces Pedro comenzó a anunciarles el evangelio acerca de Jesucristo.

Mientras Pedro les decía:

“A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hechos 10:43)

el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra.

Ellos no recibieron la salvación por sus buenas obras, sino porque creyeron el evangelio de Jesucristo que les había sido anunciado.

La Palabra tiene poder

La mujer que estaba atormentada por la culpa después de haber abortado escuchó el evangelio de Jesucristo y llegó a comprender la gracia del perdón de los pecados. Asimismo, cuando las personas reunidas en la casa de Cornelio escucharon que por el nombre de Jesús recibirían el perdón de sus pecados, recibieron el Espíritu Santo.

De esta manera, la Palabra tiene poder para salvar al ser humano.

La Palabra tiene poder porque la Palabra es Dios. Juan 1:1 dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1)

Y este Verbo se hizo carne y vino a nosotros en Jesucristo. Por eso las palabras de Jesús tienen poder para cumplir aquello que Él declara.

En una ocasión, Jesús viajaba en una barca con Sus discípulos y se quedó dormido. Entonces se levantó una gran tempestad. Las olas golpeaban la barca y esta comenzaba a llenarse de agua.

Los discípulos despertaron a Jesús y le dijeron:

“Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”

Entonces Jesús reprendió al viento y dijo al mar:

“Calla, enmudece.”

El viento cesó y se hizo grande bonanza.

También, cuando Jesús dijo a Lázaro, que había muerto y estaba en el sepulcro:

“Lázaro, ven fuera.”

el que había estado muerto salió del sepulcro, con las manos y los pies envueltos en vendas.

Y cuando Jesús dijo a la hija muerta de Jairo:

“Talitha cumi… Muchacha, á ti digo, levántate.”

la muchacha se levantó inmediatamente.

Jesús dijo:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” (Juan 14:6)

Y también dijo:

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará.” (Juan 8:32)

Por eso, cuando creemos en nuestro corazón las palabras de Jesús, esa Palabra obra con poder en nosotros y nos hace libres, no solamente del pecado, sino también de todo aquello que nos tenía esclavizados.

Salmos 33:9 dice:

“Porque él dijo, y fué hecho; él mandó, y existió.” (Salmos 33:9)

No hay en Él sombra de variación

Leamos Santiago 1:17.

“Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.” (Santiago 1:17)

Existe una antigua expresión china llamada “tù sǐ gǒu pēng” (兎死狗烹), que literalmente significa: “Cuando muere el conejo, también se cocina al perro de caza”. La expresión enseña que, una vez cumplido el propósito para el cual alguien era necesario, puede ser abandonado.

Esta frase se relaciona tradicionalmente con Han Xin (韓信), un famoso general de los primeros años de la dinastía Han en China. Han Xin ayudó a Liu Bang, quien más tarde llegaría a ser el emperador Gaozu de Han, a derrotar a Xiang Yu y desempeñó un papel decisivo en la unificación del imperio. Sin embargo, una vez pacificado el reino, Liu Bang llegó a considerar a Han Xin como una posible amenaza para su poder. Finalmente, Han Xin perdió su posición y, después de ser acusado de conspiración, fue ejecutado. La expresión “cuando muere el conejo, se cocina al perro de caza” llegó a asociarse con su trágico destino.

A lo largo de la historia encontramos muchas historias de personas que gozaban del favor de un rey y que, de repente, fueron abandonadas cuando cambió la voluntad del monarca. Una de las razones por las que tememos a otras personas es que el ser humano puede cambiar en cualquier momento. Por eso no podemos encontrar un descanso perfecto ni en nosotros mismos ni en los demás.

Pero podemos descansar en Dios porque Dios no cambia.

Lo que es perfecto no necesita cambiar.

Los automóviles han sido desarrollados y modificados continuamente hasta el día de hoy. El hecho de que sigan siendo perfeccionados demuestra que todavía no son perfectos. Si alguna vez se fabricara un automóvil absolutamente perfecto, ya no habría necesidad de desarrollar otro mejor. Pero como no existe un automóvil perfecto, seguirán apareciendo nuevos modelos y nuevas mejoras.

Solo Dios es perfecto e inmutable. Por eso, la Palabra que Dios ha pronunciado tampoco cambia jamás. Salmos 119:89 dice:

“Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.” (Salmos 119:89)

Dios juzga conforme a Su Palabra

Algunas personas piensan que, puesto que Dios es amor, si en el día del juicio final lloran y le suplican, Dios tendrá misericordia de ellas. Pero pensar así significa no comprender que Dios es perfecto e inmutable. Todo se cumplirá conforme a la Palabra que Dios ha pronunciado.

Jesús ya dijo:

“El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36)

Por lo tanto, quien no cree en Jesús debe temer y temblar. En el juicio final, para quienes permanezcan en la incredulidad habrá juicio conforme a la Palabra de Dios.

Dios nos libra de todas nuestras aflicciones

En el pasaje de hoy encontramos la expresión:

“Ni sombra de variación.”

Cuando una persona se mueve, también cambian la posición y la forma de su sombra. Cuando cambia la posición del sol, la sombra también cambia.

Pero cuando la Escritura dice que en Dios no hay “sombra de variación”, significa que Dios no cambia de una manera a otra según las circunstancias, como hacemos los seres humanos. Su corazón, Su voluntad y Su Palabra no cambian jamás.

Salmos 34:15 dice:

“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos.” (Salmos 34:15)

Dios no aparta Sus ojos ni Sus oídos de los justos. Dondequiera que estemos, Él siempre nos ve y no aparta Su rostro de nosotros. Cuando estamos en medio de la aflicción, Él nos ve y escucha nuestro clamor.

Por eso Salmos 34:19 dice:

“Muchos son los males del justo; mas de todos ellos lo librará Jehová.” (Salmos 34:19)

Aquí debemos prestar especial atención a las palabras “de todos ellos”.

En nuestra vida no enfrentamos solamente una aflicción, sino muchas. Sin embargo, podemos conservar la esperanza aun en medio de ellas porque Dios ha prometido librarnos de todas nuestras aflicciones.

Dios, que no puede cambiar, cumplirá Su Palabra y nos librará.

Dios es fiel

2 Timoteo 2:13 dice:

“Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar á sí mismo.” (2 Timoteo 2:13)

Aquí la palabra “fiel” significa que Dios es digno de confianza y que cumple lo que ha prometido.

Los seres humanos podemos ser falsos e indignos de confianza. Pero Dios no cambia según las circunstancias. Dios permanece siempre fiel y cumple necesariamente Su Palabra y Sus promesas.

Muchas personas han creído en la Palabra inmutable de Dios y se han regocijado en esperanza, y Dios no ha avergonzado a quienes han confiado en Él.

También nosotros, aunque somos pecadores, podemos descansar en Jesús, quien realizó una expiación eterna, porque sabemos que ya no es necesario pagar nuevamente el precio por nuestros pecados.

Setenta veces siete

Leamos Mateo 18:21–22.

“Entonces Pedro, llegándose á él, dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré á mi hermano que pecare contra mí? ¿hasta siete? Jesús le dice: No te digo hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete.” (Mateo 18:21–22)

Cuando somos niños, muchas veces hacemos bromas pesadas a nuestros amigos. A veces, por ejemplo, alguien puede divertirse arrancando uno por uno los pelos de la pierna de un amigo mientras duerme. Las primeras una o dos veces quizá lo tome como una broma, pero si continúa haciéndolo, hasta el amigo más cercano terminará enojándose. Esto sucede porque la paciencia humana tiene límites.

Cuando alguien nos hace algo malo, podemos perdonarlo una o dos veces. Pero si repite una y otra vez la misma falta, nuestro corazón se va lastimando y finalmente nos resulta cada vez más difícil perdonarlo.

Pedro preguntó a Jesús:

“Señor, ¿cuántas veces perdonaré á mi hermano que pecare contra mí? ¿hasta siete?”

No sabemos exactamente por qué Pedro mencionó siete veces. Sin embargo, parece que quiso expresar una cantidad que superaba ampliamente lo que normalmente las personas considerarían razonable perdonar. Pero Jesús le respondió:

“No te digo hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete.”

Estas palabras no significan simplemente que debamos contar cuántas veces hemos perdonado. Jesús nos enseña que debemos estar dispuestos a perdonar cada vez que nuestro hermano peque contra nosotros.

Estas palabras nos dan un gran consuelo y esperanza, porque nosotros también fallamos innumerables veces delante de Dios. Si Dios nos perdonara solamente una o dos veces, ninguno de nosotros podría permanecer delante de Él. Pero cuando fallamos y volvemos a Dios, Él nos perdona. El perdón humano tiene límites, pero el perdón de Dios no tiene límites.

El Diablo engaña sin que la persona se dé cuenta de que ha sido engañada

El Diablo engaña a las personas. Pero quien ha sido engañado por el Diablo muchas veces no se da cuenta de que está siendo engañado. Esto es precisamente lo que hace tan peligroso su engaño.

Si una persona sabe que está siendo engañada, puede escapar del engaño. Sin embargo, cuanto más confía una persona en sí misma, más difícil puede resultarle escapar de las maquinaciones del Diablo. Judas Iscariote nos muestra claramente esta realidad.

Judas Iscariote recibió treinta piezas de plata y entregó a Jesús a los principales sacerdotes y a los ancianos. Como sabía que Jesús era inocente, quizá pensó que, aunque fuera arrestado y entregado, sería puesto en libertad fácilmente.

Sin embargo, cuando vio que Jesús había sido condenado, comprendió que había obrado mal e intentó devolver las treinta piezas de plata. Cuando los principales sacerdotes y los ancianos se negaron a recibirlas, arrojó las monedas en el templo, se retiró y se quitó la vida.

El hecho de que Judas se quitara la vida por haber entregado a Jesús muestra que consideraba que él mismo había sido quien decidió traicionarlo. Sin embargo, Juan 13:2 dice:

“Y la cena acabada, como el diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que le entregase.” (Juan 13:2)

Judas no comprendió que detrás del pensamiento de entregar a Jesús estaba obrando el Diablo. Si hubiera comprendido esto, no se habría condenado a sí mismo hasta quitarse la vida.

El evangelio de Jesucristo tiene poder para librar de la condenación y dar vida incluso a quien ha cometido graves pecados. Judas estuvo junto a Jesús y debió escuchar muchas veces el evangelio que Él predicaba. Sin embargo, aquellas palabras no le aprovecharon porque, engañado por el Diablo, confió más en sí mismo que en las palabras de Jesús. Como resultado, terminó en perdición eterna.

Aunque nuestra fe vacile

El Diablo que engañó a Judas continúa engañándonos hoy.

Nosotros tenemos la Palabra de Dios. También hemos visto muchas cosas que Dios ha hecho por nosotros. Pero eso no significa que siempre nos aferremos firmemente a Sus promesas. Según las circunstancias, también nuestra fe en la Palabra de Dios puede vacilar.

En esos momentos, el Diablo hace que fijemos nuestra mirada en nuestra propia debilidad y nos susurra:

“Tú no tienes fe.”

“Has vuelto a caer.”

“¿Crees que Dios puede estar complacido con alguien como tú?”

“Dios ya no te ayudará.”

Si aceptamos esas palabras, podemos comenzar a pensar que Dios ya no nos ayudará, perder la esperanza y caer en el desaliento.

Precisamente en esos momentos debemos recordar a Jesús, quien nos enseñó a perdonar hasta setenta veces siete.

Dios dice:

“En un instante hablaré contra gentes y contra reinos, para arrancar, y disipar, y destruir. Empero si esas gentes se convirtieren de su maldad, contra la cual habré hablado, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles.” (Jeremías 18:7–8)

Dios es Aquel que, aun cuando ha anunciado juicio, muestra misericordia cuando las personas se vuelven de su maldad. Si confesamos delante de Él nuestra falta de fe y volvemos nuevamente nuestra mirada hacia Dios, no tenemos razón para pensar que Él se negará a ayudarnos.

Miremos a Pedro.

En la cuarta vigilia de la noche, cuando Jesús vino caminando sobre el mar, Pedro le dijo:

“Señor, si tú eres, manda que yo vaya á ti sobre las aguas.” (Mateo 14:28)

Jesús le dijo:

“Ven.”

Entonces Pedro descendió de la barca y caminó sobre las aguas hacia Jesús.

Pero Pedro vio el fuerte viento y tuvo miedo. Entonces comenzó a hundirse y clamó:

“Señor, sálvame.”

Jesús extendió inmediatamente Su mano y lo sostuvo.

Jesús no abandonó a Pedro porque su fe se había debilitado y había dudado. Al contrario, extendió inmediatamente Su mano y lo sostuvo. Tanto cuando Pedro caminaba sobre el agua como cuando dudó y comenzó a hundirse, Jesús seguía siendo su Señor.

Lo mismo sucede con nosotros.

Dios no nos ama solamente cuando nuestra fe es fuerte. Aun cuando nuestra fe vacila, Dios continúa sosteniéndonos.

Dios es diferente de nosotros

Muchas veces pensamos en Dios como si fuera igual que nosotros.

A veces no somos capaces de perdonar las faltas de otras personas, y tampoco somos misericordiosos con nosotros mismos. Por eso podemos llegar a pensar que Dios nos tratará de la misma manera cuando fallamos.

Pero Romanos 8:1 declara claramente:

“Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” (Romanos 8:1)

Cuando pecamos y miramos solamente lo que somos, encontramos innumerables razones para condenarnos. Pero en Cristo Jesús no hay condenación.

Por eso la Escritura dice:

“Bienaventurado el que no se condena á sí mismo con lo que aprueba.” (Romanos 14:22)

Jesús también nos enseñó acerca de un perdón que no lleva la cuenta cuando dijo que debemos perdonar no solamente siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Cuando miramos lo que somos y caemos en la decepción y el desaliento, debemos volver nuestros ojos hacia Dios, quien recibe y sostiene a Sus hijos aun en medio de sus debilidades.

Cuando volvemos nuestra mirada hacia Dios, Él nos dará nuevas fuerzas. Nos levantará nuevamente y nos hará continuar caminando por el camino de la fe, con nuestros ojos puestos en Él.

No te gloríes

Leamos 1 Corintios 4:7.

“Porque ¿quién te distingue? ¿ó qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si no hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7)

Planté algunas semillas de pepino en una maceta. Con el paso del tiempo comenzaron a brotar y a crecer sus hojas. Después de un tiempo, empezaron a aparecer los pepinos. Pero un día una de las plantas comenzó a marchitarse, hasta que sus hojas se secaron por completo.

Me pareció extraño y la observé con atención. Descubrí que una parte del tallo estaba doblada y casi completamente rota. Al haberse quebrado el tallo, el agua y los nutrientes que subían desde las raíces ya no podían llegar adecuadamente a la planta.

Al contemplar aquello, recordé las palabras de Romanos 11 acerca de las ramas y la raíz:

“No te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú á la raíz, sino la raíz á ti.” (Romanos 11:18)

¿Puede una rama jactarse de sí misma porque ha producido fruto? No puede hacerlo, porque recibió de la raíz el agua y los nutrientes que necesitaba.

De la misma manera, aunque haya cosas buenas en nosotros, no podemos jactarnos de ellas como si fueran obra exclusivamente nuestra, porque todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios.

Cuando todo nos va bien y prosperamos, fácilmente podemos pensar que disfrutamos de esas cosas porque somos mejores o más capaces que los demás. Pero si examinamos el origen de todo lo que disfrutamos, encontraremos allí la gracia de Dios.

Aunque no seamos muy ricos, incluso el hecho de poder vivir sin que nos falte lo necesario para comer y sostenernos no se debe únicamente a nuestra propia capacidad. Es Dios quien nos ha dado la fuerza y la capacidad para vivir. Deuteronomio 8:18 dice:

“Antes acuérdate de Jehová tu Dios: porque él te da el poder para hacer las riquezas.” (Deuteronomio 8:18)

Por eso Pablo pregunta:

“¿Qué tienes que no hayas recibido?”

El orgullo de Nabucodonosor

Nabucodonosor, rey de Babilonia, disfrutaba de un gran poder y gloria. Sin embargo, llegó a pensar que todo lo que poseía había sido conseguido por su propia capacidad.

Un día, mientras caminaba por el palacio real contemplando la gloria de Babilonia que había edificado, dijo:

“¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi grandeza?” (Daniel 4:30)

Pero antes de que Nabucodonosor terminara de hablar, vino una voz del cielo:

“A ti dicen, rey Nabucodonosor: El reino es traspasado de ti: y de entre los hombres te echan, y con las bestias del campo será tu morada, y como á los bueyes te apacentarán: y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo se enseñorea en el reino de los hombres, y que á quien él quiere lo da.” (Daniel 4:31–32)

Las palabras de Nabucodonosor estaban llenas del pensamiento del “yo”: “Yo la edifiqué con mi poder; yo lo conseguí con mi autoridad; yo hice de ella mi ciudad.”

Pero Dios le quitó en un instante todo aquello en lo que confiaba.

Nabucodonosor fue apartado de los hombres y vivió con las bestias del campo. Comió hierba como los bueyes, su cuerpo fue mojado con el rocío del cielo, su cabello creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves.

Después de pasar siete tiempos en aquella condición, finalmente llegó a comprender quién era él y quién era Dios:

“Su señorío sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los moradores de la tierra por nada son contados: y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:34–35)

Nabucodonosor había pensado que él mismo había conseguido todas aquellas cosas, pero Dios le hizo comprender que incluso el poder y la autoridad que poseía los había recibido de Él.

La autoridad que una persona posee existe porque Dios la ha permitido. Los bienes que posee también vienen de Dios, y nada de lo que logra podría alcanzarlo sin la capacidad y la gracia que Dios le concede.

Por eso Salomón confesó:

“Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.” (Eclesiastés 3:13)

Quien vive por gracia no puede gloriarse en sí mismo

Cuando un cazador dispara y derriba un ave, puede pensar que la ha cazado gracias a su habilidad con el arma. Sin embargo, Jesús enseñó que ni siquiera un pequeño pájaro cae a tierra fuera de la voluntad de Dios:

“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae á tierra sin vuestro Padre.” (Mateo 10:29)

Hasta la caída de un pequeño pájaro está bajo la soberanía de Dios. Por lo tanto, aunque logremos algo, no podemos usarlo como motivo para exaltarnos a nosotros mismos.

Nuestra salvación tampoco se debe a nuestra justicia ni a nuestra capacidad. Es porque Dios nos concedió Su gracia. Dios nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su amado Hijo (Colosenses 1:13), y en Jesucristo hizo abundar para con nosotros toda sabiduría e inteligencia, para que conociéramos el evangelio y recibiéramos la remisión de nuestros pecados (Efesios 1:7–9).

Por eso la Escritura declara claramente:

“Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8–9)

Y aun después de creer en Jesús, nuestro crecimiento espiritual tampoco se produce solamente por nuestra propia fuerza. Pablo dice en 1 Corintios 3:7:

“Así que ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.” (1 Corintios 3:7)

Por lo tanto, quien conoce la gracia no puede gloriarse en sí mismo.

La gracia no nos lleva a jactarnos de lo que nosotros hemos hecho, sino a gloriarnos en lo que Dios ha hecho por nosotros.

La bendición de quien confía en Dios

Después de sacar al pueblo de Israel de Egipto, Dios no lo llevó inmediatamente a Canaán, sino que lo hizo caminar por el desierto.

Para los israelitas, el desierto era un camino que ellos no habrían escogido. Sin embargo, Dios los condujo por allí para humillar su corazón y, finalmente, hacerles bien.

También hay ocasiones en las que Dios nos conduce por caminos que nosotros no deseamos. Por medio de ellos nos hace reconocer nuestra debilidad y nuestra incapacidad, y nos enseña que todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él.

Cuando comprendemos esta verdad, dejamos de gloriarnos en nosotros mismos y aprendemos a gloriarnos solamente en Dios y a depender de Él.

Así como una rama no puede producir fruto separada de la raíz, nosotros tampoco podemos hacer nada separados de Dios. Por eso debemos humillar hoy también nuestro corazón y confiar en Él.

La Escritura describe de esta manera la bendición de la persona que confía en Jehová:

“Bendito el varón que se fía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque él será como el árbol plantado junto á las aguas, que junto á la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viniere el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de hacer fruto.” (Jeremías 17:7–8)