Jesús es mi Señor

Leamos 1 Corintios 12:3.

“Por tanto, os hago saber que nadie que hable por Espíritu de Dios, llama anatema á Jesús; y nadie puede llamar á Jesús Señor, sino por Espíritu Santo.” (1 Corintios 12:3)

Las personas desean tener la certeza de que realmente han sido salvas. Si tenemos una clara seguridad de que somos hijos de Dios, no nos parecerá una pérdida entregarnos a nosotros mismos por el evangelio; al contrario, lo consideraremos un honor. Y servir a Dios será para nosotros motivo de verdadero gozo y felicidad.

El apóstol Juan también escribió en su carta a la iglesia:

“Estas cosas he escrito á vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.” (1 Juan 5:13)

Estas palabras nos muestran que incluso quienes ya creen en Jesús pueden, en ocasiones, no tener plena certeza de que poseen la vida eterna.

La Biblia nos muestra de diversas maneras cómo podemos confirmar que hemos recibido la salvación. Una de ellas es nuestra confesión de que hemos recibido el perdón de los pecados. Esto se debe a que comprender el evangelio del perdón de los pecados y creerlo no es algo que pueda suceder sin la ayuda de Dios.

2 Corintios 6:2 dice:

“Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salud te he socorrido: he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salud.” (2 Corintios 6:2)

Haciendo abundar en nosotros toda sabiduría e inteligencia

Algunas personas piensan que pueden creer en Jesús cuando quieran, con solo proponérselo. Pero no es así. Quien piensa de esa manera no comprende cuán astutamente el Diablo mantiene cautiva la mente de las personas.

El Diablo engaña cuidadosamente al ser humano para impedirle creer en Jesucristo. Por eso 2 Corintios 4:4 dice:

“En los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” (2 Corintios 4:4)

Por lo tanto, para que una persona sea salva necesita la ayuda de Dios. Veamos Efesios 1:7–9.

“En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia, que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría é inteligencia; descubriéndonos el misterio de su voluntad, según su beneplácito, que se había propuesto en sí mismo.” (Efesios 1:7–9)

Aquí encontramos unas palabras muy importantes:

“Que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría é inteligencia; descubriéndonos el misterio de su voluntad.”

Con nuestra propia sabiduría nos resulta difícil comprender el evangelio de Jesucristo. Por eso Dios debe darnos sabiduría e inteligencia.

El hecho de que hayamos llegado a comprender el evangelio del perdón de los pecados no significa que lo hayamos conseguido por nuestra propia capacidad, sino que Dios nos lo dio a conocer.

Jesús preguntó a Sus discípulos:

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mateo 16:15)

Entonces Pedro respondió:

“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Y Jesús le dijo:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos.”

Pedro llegó a comprender que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, porque Dios se lo reveló.

De la misma manera, si nosotros hemos comprendido el misterio del evangelio —que hemos recibido el perdón de nuestros pecados por medio de la sangre de Jesucristo— es porque Dios nos lo ha dado a conocer.

Por eso la Escritura dice:

“Nadie puede llamar á Jesús Señor, sino por Espíritu Santo.”

En Su Hijo

Muchas personas piensan que primero deben recibir el perdón de sus pecados y llegar a ser santas para poder entrar en Cristo. Sin embargo, la Escritura enseña algo diferente.

Veamos Colosenses 1:13–14.

“Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados.” (Colosenses 1:13–14)

Aquí debemos prestar especial atención a estas palabras:

“En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados.”

La Escritura dice que recibimos el perdón de los pecados “en Su Hijo”.

Dios nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su amado Hijo. Y en Su Hijo nos dio sabiduría e inteligencia para que pudiéramos comprender el evangelio del perdón de los pecados.

Por lo tanto, el hecho de que hayamos recibido el perdón de los pecados no significa simplemente que nuestros pecados hayan sido quitados. También muestra que ya estamos en Cristo.

Los que han recibido misericordia

Dios quiere que todos los hombres sean salvos. Sin embargo, no todos reciben la salvación. Para ser salvos necesitamos la misericordia de Dios. Romanos 9:15–16 dice:

“Mas á Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré. Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Romanos 9:15–16)

En la Biblia encontramos muchas personas que recibieron la misericordia de Jesús. Si las observamos atentamente, veremos que ninguna de ellas era como una persona sana que no necesita médico; eran personas enfermas que necesitaban al Médico, tal como Jesús enseñó.

¿Y qué vemos cuando nos examinamos a nosotros mismos?

Somos ignorantes y, además, orgullosos, de modo que podemos parecer personas muy alejadas de merecer la misericordia de Dios. Sin embargo, a pesar de todo esto, hemos recibido el perdón de nuestros pecados.

Esto significa que hemos recibido la misericordia de Dios.

Por lo tanto, el hecho de que podamos decir que todos nuestros pecados han sido perdonados constituye una poderosa evidencia de que, por la misericordia de Dios, hemos sido trasladados a Cristo y ahora estamos en Él.

Como dice la Escritura:

“Porque no es de todos la fe.” (2 Tesalonicenses 3:2)

Del mismo modo, afirmar con fe que hemos recibido el perdón de nuestros pecados no es algo que cualquiera pueda hacer por sí mismo.