Salmo 3
“Salmo de David, cuando huía de delante de Absalom su hijo. ¡Oh Jehová, cuánto se han multiplicado mis enemigos! Muchos se levantan contra mí. Muchos dicen de mi vida: No hay para él salud en Dios. (Selah.)” (Salmos 3:1–2)
David cometió un grave pecado delante de Jehová al tomar a Bath-sheba y hacer que su esposo Urías muriera en el campo de batalla. Después, su hijo Absalom se rebeló contra él, intentando expulsar a su padre y hacerse rey. Cuando el corazón del pueblo de Israel se inclinó hacia Absalom, David tuvo que abandonar el palacio y emprender una dolorosa huida sin saber adónde ir.
En aquel momento, muchos decían acerca de David:
“No hay para él salud en Dios.”
El sufrimiento que David experimentaba tenía, sin duda, un aspecto de disciplina como consecuencia de su propio pecado. El profeta Natán lo había reprendido por su pecado, y como consecuencia de aquel pecado llegaron grandes sufrimientos sobre su familia y su reino.
Sin embargo, este acontecimiento también puede verse como una figura que dirige nuestra mirada hacia Jesucristo, quien vendría y padecería.
David sufrió por su propio pecado, pero Jesús sufrió en lugar de nosotros por nuestros pecados. Cuando Jesús fue crucificado, la gente también se burló de Él como si Dios lo hubiera abandonado. No solamente los que pasaban por allí, sino también los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos lo insultaban, e incluso los ladrones crucificados con Él lo injuriaban.
“Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.” (Mateo 27:43)
Estas palabras se parecen sorprendentemente a lo que la gente decía acerca de David:
“No hay para él salud en Dios.”
El Diablo continúa susurrándonos hoy las mismas palabras:
“Dios no te ayudará.”
“Dios te ha abandonado.”
“Ya no queda ninguna esperanza para ti.”
Lo que el Diablo intenta arrebatarnos no es simplemente nuestra paz o nuestra alegría. Lo que busca destruir es nuestra esperanza misma en Dios.
“Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí: mi gloria, y el que ensalza mi cabeza. Con mi voz clamé á Jehová, y él me respondió desde el monte de su santidad. (Selah.)” (Salmos 3:3–4)
Cuando David huyó de Absalom y salió de Jerusalén, subió por el camino del monte de los Olivos llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. David, que había sido rey de una nación, había sido expulsado de su palacio y estaba experimentando tal vergüenza y humillación que ni siquiera podía levantar la cabeza.
Sin embargo, aun en aquellas circunstancias, David confesó que Dios era “el que ensalza mi cabeza”.
Si hubiera mirado solamente las circunstancias que tenía delante, jamás habría podido hacer semejante confesión. David podía hablar así porque Dios le había dado una promesa:
“Empero mi misericordia no se apartará de él, como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente.” (2 Samuel 7:15–16)
David estaba recibiendo la disciplina de Dios por causa de su pecado, pero creía que Dios no había anulado el pacto que había hecho con él. Aunque en aquel momento huía llorando y con la cabeza cubierta, creía que, llegado el tiempo, Dios volvería a levantar su cabeza.
Y finalmente, después de atravesar muchos sufrimientos, David regresó a Jerusalén y recuperó su reino.
En este acontecimiento podemos descubrir una sorprendente figura que nos hace pensar en Jesucristo, quien habría de venir.
Así como David subió llorando por el camino del monte de los Olivos, Jesús, el Hijo de David, también oró en profunda agonía en Getsemaní, en el monte de los Olivos, antes de la cruz. Su angustia fue tan grande que la Escritura dice que:
“Fué su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” (Lucas 22:44)
Pero Jesús sufrió una humillación mucho más profunda que David.
David sufrió por causa de su propio pecado, pero Jesús, que no tenía pecado, sufrió para llevar nuestros pecados. Fue despreciado y rechazado por los hombres, y finalmente murió crucificado y descendió hasta el sepulcro. Jesús descendió hasta el lugar más bajo.
Sin embargo, Dios no dejó a Jesús en aquel estado de humillación. Lo resucitó de entre los muertos y lo exaltó hasta lo sumo. Dios levantó la cabeza de Cristo.
Filipenses 2:8–9 dice:
“Y hallado en la condición como hombre, se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le ensalzó á lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:8–9)
Y, maravillosamente, Dios no solamente levantó la cabeza de Cristo, sino que también levantó la nuestra, porque estamos en Cristo.
Por causa de nuestros pecados, éramos personas que no podían levantar la cabeza delante del Dios santo. Pero cuando Jesús fue resucitado de entre los muertos, Dios también nos dio vida y nos levantó juntamente con Él, a nosotros que estamos unidos a Cristo.
“Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús.” (Efesios 2:6)
Por eso la confesión de David, “el que ensalza mi cabeza”, se convierte también en una preciosa confesión para nosotros. A nosotros, que por causa del pecado no podíamos levantar la cabeza, Dios nos perdonó y nos levantó en Cristo.
“Yo me acosté, y dormí, y desperté; porque Jehová me sostuvo. No temeré de diez millares de pueblos, que pusieren cerco contra mí.” (Salmos 3:5–6)
David podía decir que no tendría temor aunque diez millares lo rodearan porque sabía que Dios había respondido a su clamor. Anteriormente había confesado:
“Con mi voz clamé á Jehová, y él me respondió desde el monte de su santidad.” (Salmos 3:4)
El monte santo se refiere a Sión, el lugar santo donde se manifestaban la presencia y el reinado de Dios. Allí Dios estableció a David como rey y, al colocar allí el arca del pacto, manifestó Su presencia y Su gobierno. La presencia de Dios manifestada en Sión y el reinado de David eran figuras que señalaban anticipadamente a Jesucristo, quien habría de venir.
David había cometido un gran pecado, pero clamó a Dios. Pudo clamar a Dios a pesar de su pecado porque creía en el Cristo que habría de venir. David sabía que una persona no es justificada por sus propias obras, sino por la gracia de Dios que perdona el pecado. Por eso confesó en otro salmo:
“Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados. Bienaventurado el hombre á quien no imputa Jehová la iniquidad.” (Salmos 32:1–2; Romanos 4:7–8)
Dios oyó desde Su monte santo el clamor de David y le respondió. Aunque David era pecador, pudo recibir la respuesta de Dios no por su propia justicia, sino por la expiación de Jesucristo que habría de cumplirse en la cruz.
Por lo tanto, la respuesta de Dios que llegó a David desde el monte santo fue una confirmación de la gracia: Dios no lo había abandonado.
Y cuando David se acostó, durmió y volvió a despertar, comprendió que Dios todavía lo sostenía.
Como ayer despertamos y hoy también hemos despertado, pensamos que mañana por la mañana abriremos los ojos como algo natural. Sin embargo, tampoco tenemos garantizado que mañana volveremos a abrirlos. Podemos dormir y despertar nuevamente porque Dios sostiene nuestra vida y nos concede Su gracia.
David había cometido un gran pecado y no habría tenido nada que decir aun si Dios hubiera permitido su muerte. Además, delante de él había innumerables enemigos que deseaban matarlo.
Pero pasó la noche y volvió a abrir los ojos.
El simple hecho de seguir con vida era para David una evidencia de la gracia de Dios: Dios no lo había abandonado, sino que todavía lo sostenía.
Porque creía que el Dios que lo había sostenido durante la noche también lo sostendría aquel día, David podía confesar:
“No temeré de diez millares de pueblos, que pusieren cerco contra mí.”
“Levántate, Jehová; sálvame, Dios mío: porque tú heriste á todos mis enemigos en la quijada; los dientes de los malos quebrantaste. De Jehová es la salud: sobre tu pueblo será tu bendición. (Selah.)” (Salmos 3:7–8)
La Biblia dice que todo tiene su tiempo y que hay un tiempo para cada propósito debajo del cielo:
“Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar.” (Eclesiastés 3:2–3)
Dios no permanece en silencio para siempre. Hay un tiempo en que Él se levanta.
Cuando Dios se levantó para juzgar en los días de Noé, el mundo fue cubierto por las aguas y las voces de quienes se oponían a Dios desaparecieron. Sodoma y Gomorra también recibieron el juicio de Dios y fueron destruidas con fuego y azufre.
David no intentó salvarse por sus propias fuerzas, porque sabía que su salvación pertenecía a Jehová. Por eso clamó:
“Levántate, Jehová; sálvame, Dios mío.”
Y confesó que Dios había herido a todos sus enemigos en la quijada y había quebrantado los dientes de los malos.
Cuando el pueblo de Israel sufría como esclavo en Egipto, también clamó a Dios. Dios oyó su clamor y envió a Moisés para sacarlo de Egipto. Dios no vuelve Su rostro de aquellos que claman a Él.
Sin embargo, la oración de David no termina con su propia salvación.
Aunque muchas personas lo habían traicionado y habían seguido a Absalom, David oró por el pueblo de Dios:
“Sobre tu pueblo será tu bendición.”
En la oración de David podemos contemplar el corazón de Jesús.
Jesús también dijo:
“Amad á vuestros enemigos, bendecid á los que os maldicen, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”
Y desde la cruz oró por aquellos que lo crucificaban:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)
El corazón de Jesús, que pidió perdón y gracia incluso para quienes se oponían a Él, ya se reflejaba anticipadamente en la oración de David cuando pidió a Dios que derramara Su bendición sobre Su pueblo.
