No te gloríes

Leamos 1 Corintios 4:7.

“Porque ¿quién te distingue? ¿ó qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si no hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7)

Planté algunas semillas de pepino en una maceta. Con el paso del tiempo comenzaron a brotar y a crecer sus hojas. Después de un tiempo, empezaron a aparecer los pepinos. Pero un día una de las plantas comenzó a marchitarse, hasta que sus hojas se secaron por completo.

Me pareció extraño y la observé con atención. Descubrí que una parte del tallo estaba doblada y casi completamente rota. Al haberse quebrado el tallo, el agua y los nutrientes que subían desde las raíces ya no podían llegar adecuadamente a la planta.

Al contemplar aquello, recordé las palabras de Romanos 11 acerca de las ramas y la raíz:

“No te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú á la raíz, sino la raíz á ti.” (Romanos 11:18)

¿Puede una rama jactarse de sí misma porque ha producido fruto? No puede hacerlo, porque recibió de la raíz el agua y los nutrientes que necesitaba.

De la misma manera, aunque haya cosas buenas en nosotros, no podemos jactarnos de ellas como si fueran obra exclusivamente nuestra, porque todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios.

Cuando todo nos va bien y prosperamos, fácilmente podemos pensar que disfrutamos de esas cosas porque somos mejores o más capaces que los demás. Pero si examinamos el origen de todo lo que disfrutamos, encontraremos allí la gracia de Dios.

Aunque no seamos muy ricos, incluso el hecho de poder vivir sin que nos falte lo necesario para comer y sostenernos no se debe únicamente a nuestra propia capacidad. Es Dios quien nos ha dado la fuerza y la capacidad para vivir. Deuteronomio 8:18 dice:

“Antes acuérdate de Jehová tu Dios: porque él te da el poder para hacer las riquezas.” (Deuteronomio 8:18)

Por eso Pablo pregunta:

“¿Qué tienes que no hayas recibido?”

El orgullo de Nabucodonosor

Nabucodonosor, rey de Babilonia, disfrutaba de un gran poder y gloria. Sin embargo, llegó a pensar que todo lo que poseía había sido conseguido por su propia capacidad.

Un día, mientras caminaba por el palacio real contemplando la gloria de Babilonia que había edificado, dijo:

“¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi grandeza?” (Daniel 4:30)

Pero antes de que Nabucodonosor terminara de hablar, vino una voz del cielo:

“A ti dicen, rey Nabucodonosor: El reino es traspasado de ti: y de entre los hombres te echan, y con las bestias del campo será tu morada, y como á los bueyes te apacentarán: y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo se enseñorea en el reino de los hombres, y que á quien él quiere lo da.” (Daniel 4:31–32)

Las palabras de Nabucodonosor estaban llenas del pensamiento del “yo”: “Yo la edifiqué con mi poder; yo lo conseguí con mi autoridad; yo hice de ella mi ciudad.”

Pero Dios le quitó en un instante todo aquello en lo que confiaba.

Nabucodonosor fue apartado de los hombres y vivió con las bestias del campo. Comió hierba como los bueyes, su cuerpo fue mojado con el rocío del cielo, su cabello creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves.

Después de pasar siete tiempos en aquella condición, finalmente llegó a comprender quién era él y quién era Dios:

“Su señorío sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los moradores de la tierra por nada son contados: y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:34–35)

Nabucodonosor había pensado que él mismo había conseguido todas aquellas cosas, pero Dios le hizo comprender que incluso el poder y la autoridad que poseía los había recibido de Él.

La autoridad que una persona posee existe porque Dios la ha permitido. Los bienes que posee también vienen de Dios, y nada de lo que logra podría alcanzarlo sin la capacidad y la gracia que Dios le concede.

Por eso Salomón confesó:

“Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.” (Eclesiastés 3:13)

Quien vive por gracia no puede gloriarse en sí mismo

Cuando un cazador dispara y derriba un ave, puede pensar que la ha cazado gracias a su habilidad con el arma. Sin embargo, Jesús enseñó que ni siquiera un pequeño pájaro cae a tierra fuera de la voluntad de Dios:

“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae á tierra sin vuestro Padre.” (Mateo 10:29)

Hasta la caída de un pequeño pájaro está bajo la soberanía de Dios. Por lo tanto, aunque logremos algo, no podemos usarlo como motivo para exaltarnos a nosotros mismos.

Nuestra salvación tampoco se debe a nuestra justicia ni a nuestra capacidad. Es porque Dios nos concedió Su gracia. Dios nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su amado Hijo (Colosenses 1:13), y en Jesucristo hizo abundar para con nosotros toda sabiduría e inteligencia, para que conociéramos el evangelio y recibiéramos la remisión de nuestros pecados (Efesios 1:7–9).

Por eso la Escritura declara claramente:

“Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8–9)

Y aun después de creer en Jesús, nuestro crecimiento espiritual tampoco se produce solamente por nuestra propia fuerza. Pablo dice en 1 Corintios 3:7:

“Así que ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.” (1 Corintios 3:7)

Por lo tanto, quien conoce la gracia no puede gloriarse en sí mismo.

La gracia no nos lleva a jactarnos de lo que nosotros hemos hecho, sino a gloriarnos en lo que Dios ha hecho por nosotros.

La bendición de quien confía en Dios

Después de sacar al pueblo de Israel de Egipto, Dios no lo llevó inmediatamente a Canaán, sino que lo hizo caminar por el desierto.

Para los israelitas, el desierto era un camino que ellos no habrían escogido. Sin embargo, Dios los condujo por allí para humillar su corazón y, finalmente, hacerles bien.

También hay ocasiones en las que Dios nos conduce por caminos que nosotros no deseamos. Por medio de ellos nos hace reconocer nuestra debilidad y nuestra incapacidad, y nos enseña que todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él.

Cuando comprendemos esta verdad, dejamos de gloriarnos en nosotros mismos y aprendemos a gloriarnos solamente en Dios y a depender de Él.

Así como una rama no puede producir fruto separada de la raíz, nosotros tampoco podemos hacer nada separados de Dios. Por eso debemos humillar hoy también nuestro corazón y confiar en Él.

La Escritura describe de esta manera la bendición de la persona que confía en Jehová:

“Bendito el varón que se fía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque él será como el árbol plantado junto á las aguas, que junto á la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viniere el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de hacer fruto.” (Jeremías 17:7–8)