Recorriendo el mundo del corazón

Leamos Colosenses 3:15–16.

«Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la cual asimismo sois llamados en un cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros con salmos e himnos y canciones espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor».

Cada nación procura hacer de su país un lugar magnífico y hermoso. Las ciudades también buscan embellecerse plantando árboles en las calles, colocando esculturas en las plazas y añadiendo diversos adornos a los edificios. Lo mismo sucede con los hogares. Las personas cuelgan cuadros, colocan flores y llevan distintos objetos decorativos para embellecer las casas donde viven.

Sin embargo, existe otro mundo dentro de cada persona, un mundo invisible a los ojos. Es el mundo del corazón. Las personas adornan su corazón con toda clase de cosas. Y así como viven en las casas que han decorado, también viven dentro del mundo que han adornado en su propio corazón.

Una tierra contaminada por los ídolos

Cuando el apóstol Pablo llegó a Atenas, se indignó profundamente al ver que la ciudad estaba llena de ídolos (Hechos 17:16). Atenas era famosa por su filosofía, sus conocimientos y su arte, pero estaba llena de templos, altares y estatuas dedicados a numerosos dioses. Al caminar por las calles, las personas encontraban ídolos; al llegar a las plazas, encontraban ídolos; y al entrar en los templos, también encontraban ídolos. Lo que adornaba aquella ciudad eran precisamente los ídolos.

Encontramos algo semejante en la historia de Israel y Judá. Los reyes que se apartaron de Dios adoraron a Baal, levantaron imágenes de Asera y establecieron lugares altos donde el pueblo ofrecía sacrificios a los ídolos. Como resultado, la tierra del pueblo escogido por Dios quedó contaminada por la idolatría.

Acab, rey del reino del norte de Israel, se casó con Jezabel, hija del rey de Sidón. Después construyó un templo para Baal en Samaria, levantó un altar e incluso hizo una imagen de Asera (1 Reyes 16:31–33). El pueblo veía por todas partes los altares de Baal y las imágenes de Asera, y terminó cometiendo la maldad de adorar ídolos vanos.

Manasés, rey del reino del sur de Judá, fue todavía peor. Levantó altares para dioses extranjeros y colocó una imagen de Asera dentro del templo de Jehová (2 Reyes 21:3–7). Puso ídolos precisamente en el lugar que había sido apartado para adorar a Dios. Había ídolos en los lugares altos, y también los había dentro del templo de Dios. La tierra del pueblo que debía adorar a Dios quedó contaminada por los ídolos. El pueblo siguió a su rey en la idolatría, y la Escritura da testimonio de que cometieron males aún mayores que los de las naciones paganas.

Una tierra donde fueron quitados los ídolos y establecida la Palabra de Dios

Cuando surgieron reyes que temían a Dios, el aspecto de la nación cambió. El rey Ezequías quitó los lugares altos, quebró las columnas sagradas y cortó las imágenes de Asera. Incluso destruyó la serpiente de bronce que Moisés había hecho, porque el pueblo había comenzado a venerarla como un ídolo (2 Reyes 18:4).

El rey Josías fue aún más riguroso. Cuando escuchó las palabras del Libro de la Ley que había sido encontrado en el templo, rasgó sus vestidos en señal de arrepentimiento. Sacó del templo todos los objetos fabricados para Baal y Asera y los quemó. También eliminó los lugares altos y las imágenes de toda la nación (2 Reyes 23). Después celebró la Pascua delante de Jehová junto con el pueblo.

Los reyes que temían a Dios quitaron los ídolos y restauraron en su lugar la Palabra de Dios y la adoración. Donde antes se ofrecían sacrificios a los ídolos, se restauró la adoración a Dios. La Palabra de Dios, que había sido olvidada, volvió a leerse, y las fiestas del Señor, que habían dejado de celebrarse, fueron observadas nuevamente.

Cuando cambió aquello que llenaba la nación, también cambió lo que el pueblo veía y escuchaba. Lo mismo sucede con el corazón humano. El mundo del corazón cambia según aquello que una persona establece dentro de él.

Un corazón lleno de muerte

Hay personas que viven con su corazón adornado por la ley del pecado y de la muerte.

Cuando una persona así recorre el mundo de su corazón, encuentra el pecado en una calle. Al doblar por otra, la espera la condenación. En la plaza se levanta el temor al juicio, y en lo más profundo de su corazón se extiende la sombra de la muerte.

Mire hacia donde mire, encuentra muerte. Vaya hacia donde vaya, encuentra muerte. Por más que recorra aquel mundo, no consigue encontrar esperanza alguna.

Judas Iscariote es un ejemplo representativo de alguien cuyo corazón llegó a estar lleno de pensamientos de pecado y muerte.

Después de entregar a Jesús por treinta piezas de plata, comprendió que había entregado sangre inocente y sintió una profunda angustia. Por eso intentó devolver las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos. Pero ellos no prestaron atención a su sufrimiento. Judas arrojó las monedas en el templo, salió y se quitó la vida.

Judas reconoció su pecado y lamentó profundamente lo que había hecho, pero la gracia de Dios que perdona los pecados y la esperanza de salvación no encontraron lugar en su corazón. Al recorrer el mundo de su corazón, solo encontraba pensamientos que lo condenaban. Dondequiera que miraba, veía su pecado; dondequiera que se volvía, veía el juicio. Sin encontrar descanso en ningún lugar, finalmente se quitó la vida.

Un corazón lleno de gozo y alabanza

Sin embargo, hay personas cuyo corazón está abundantemente adornado con la Palabra llena de gracia de Dios.

Una persona así camina por una calle de su corazón y encuentra estas palabras:

«Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).

Al contemplar estas palabras, recuerda nuevamente la gracia de Dios que la ha liberado de la condenación. Y en lo profundo de su corazón brota el gozo al comprender que, por medio de Jesucristo, ya no está bajo condenación.

Al caminar por otra calle, encuentra estas palabras que la esperan:

«Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

Al detenerse ante estas palabras, recuerda cuánto la ha amado Dios. Al pensar que Cristo murió por ella no cuando era justa, sino cuando todavía era pecadora, queda profundamente conmovida por el amor de Dios.

Continúa recorriendo el mundo de su corazón. Esta vez, otras palabras llaman su atención:

«Y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:28).

Al contemplar estas palabras, da gracias a Jesús por haberle dado vida eterna. Y al pensar en la mano del Señor que la sostiene firmemente, encuentra paz.

Al caminar hacia otro lugar, encuentra estas palabras:

«No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13:5).

Cada vez que enfrenta dificultades, vuelve su mirada hacia esta promesa. Aunque las personas puedan abandonarla y todo en el mundo pueda cambiar, recupera las fuerzas al recordar que Dios ha prometido no dejarla ni desampararla.

Mientras recorre el mundo de su corazón, encuentra gracia aquí y amor allá. En una calle disfruta del gozo del perdón, y en otra descubre la esperanza de la vida eterna.

Mire hacia donde mire, hay esperanza. Vaya hacia donde vaya, hay vida.

La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia

El apóstol Pablo dijo a los creyentes de Colosas:

«Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones» (Colosenses 3:15).

Y continuó diciendo:

«La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia» (Colosenses 3:16).

Cuando la Palabra de Cristo habita abundantemente en nuestros corazones, disfrutamos de la gracia y del amor de Dios por medio de esa Palabra. Asimismo, cuando los creyentes se reúnen, se enseñan y exhortan unos a otros mediante la misma Palabra, compartiendo entre sí la gracia de Dios.

De este modo, la paz de Cristo y la gratitud abundan no solo en el corazón de cada persona, sino también en la comunidad de la iglesia. Y los creyentes llegan a alabar a Dios con «salmos e himnos y canciones espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor».