Un cordero ante un león (vv. 1–2)
«[Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus benjaminita.] Jehová Dios mío, en ti he confiado; sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame, no sea que desgarren mi alma cual león, y me destrocen sin que haya quien me libre» (Salmo 7:1–2).
No se conoce con exactitud el significado de Sigaión. Generalmente se entiende como «un canto entonado con tristeza, ira y emociones intensas» o «un lamento cantado mientras se vaga». Tampoco sabemos con exactitud quién era Cus el benjaminita. Sin embargo, por el título podemos ver que David estaba atravesando dificultades relacionadas con las palabras de Cus y que varias personas lo perseguían.
En esta situación, David se refugia en Dios y le pide que lo salve y lo libre de todos los que lo persiguen. Teme que, si Dios no lo rescata, sus enemigos lo despedacen como un león. El hecho de que David describa a sus perseguidores como «un león» nos permite comprender cuán violentos y amenazantes eran.
Para David, el león era un animal sumamente peligroso. Cuando cuidaba las ovejas, un león o un oso llegó y tomó un cordero del rebaño. David fue tras él, lo hirió y rescató el cordero de su boca (1 Samuel 17:34–35). David sabía muy bien que, si no rescataba al pequeño cordero, este inevitablemente se convertiría en presa del león y sería despedazado.
Pero ahora era David mismo quien se encontraba como un cordero delante de un león. Temía que, si Dios no lo libraba, él también sería despedazado como un cordero por quienes lo perseguían.
La inocencia confesada ante Dios y Jesucristo (vv. 3–5)
David declaró su inocencia delante de Dios.
«Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, si hay en mis manos iniquidad; si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (antes he libertado al que sin causa era mi enemigo), persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; huelle en tierra mi vida, y mi honra ponga en el polvo. Selah» (Salmo 7:3–5).
Aun poniendo en juego su propia vida, David apeló a Dios afirmando su inocencia en este asunto relacionado con las palabras de Cus. Presentó delante de Dios la injusticia que sufría al ser falsamente acusado y perseguido.
Aquí pensamos en Jesús, quien sufrió una injusticia incomparablemente mayor que la de David. En Jesús no había injusticia alguna; Él era perfectamente santo. Sin embargo, las personas lo acusaron falsamente y lo trataron como un criminal digno de muerte. La noche antes de ser crucificado, mientras pasaba sus últimas horas con sus discípulos, Jesús dijo:
«El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron» (Juan 15:23–25).
Así, los que pertenecen al mal odian y se oponen sin causa al justo.
Dios, el Juez justo (vv. 6–10)
David pidió a Dios que se levantara como Juez y juzgara su causa.
«Levántate, oh Jehová, en tu ira; álzate en contra de la furia de mis angustiadores, y despierta en favor mío el juicio que mandaste» (Salmo 7:6).
David confiaba en Dios como el Juez justo que juzga a todos los pueblos, y por eso le pidió que juzgara su causa.
«Te rodeará congregación de pueblos, y sobre ella vuélvete a sentar en alto. Jehová juzgará a los pueblos; júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, y conforme a mi integridad» (Salmo 7:7–8).
David pidió a Dios que lo juzgara conforme a su justicia y a la integridad que había en él. La palabra traducida como «integridad» es el hebreo tom, que significa «entereza, sinceridad y ausencia de doblez». David no estaba afirmando que no tuviera pecado alguno, sino que pedía a Dios que juzgara su inocencia en este asunto particular que había presentado delante de Él.
Luego David pidió que Dios, quien conoce el corazón de todos, pusiera fin a la maldad de los impíos y afirmara al justo.
«Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; porque el Dios justo prueba la mente y el corazón» (Salmo 7:9).
Podemos ver el cumplimiento supremo de estas palabras en lo que Dios hizo con Jesús. Por medio de la cruz, Jesús aplastó la cabeza de la serpiente, y Dios levantó de entre los muertos a Jesús, a quien los hombres habían matado, mostrando así que Él era justo.
Por eso David confiesa que Dios es su escudo.
«Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón» (Salmo 7:10).
David no se limita a decir que Dios es su escudo. Dice que Dios es quien «salva a los rectos de corazón». El carácter justo de Dios y su obra de salvar a los rectos constituyen el escudo de David. Por eso, aun cuando las circunstancias eran inciertas, David podía permanecer firme confiando en el carácter inmutable de Dios.
Pero el Dios que es escudo y salva a los rectos de corazón es también el Juez justo que juzga el mal.
El juicio que llama al arrepentimiento (vv. 11–13)
«Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada; armado tiene ya su arco, y lo ha preparado. Asimismo ha preparado armas de muerte, y ha labrado saetas ardientes» (Salmo 7:11–13).
Dios no contempla el mal con indiferencia. Porque Dios es justo, aborrece el mal y se indigna contra él. Sin embargo, debemos prestar atención a las palabras: «Si no se arrepiente». El juicio de Dios está ciertamente preparado, pero todavía queda abierto para el impío el camino para volverse de su maldad. Dios no se complace en la muerte del impío. En Ezequiel, Dios dice:
«Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?» (Ezequiel 33:11).
Por lo tanto, la advertencia del juicio de Dios contiene también un llamado al arrepentimiento. Si el impío no se aparta de su mal camino, no podrá escapar del juicio de Dios; pero Dios lo llama a volverse y vivir.
El mismo Dios es escudo para los rectos de corazón, pero también es Juez de quienes no se arrepienten y continúan practicando el mal. Sin embargo, Dios no se complace en que las personas perezcan, sino que quiere que sean salvas y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4).
Ahora David describe lo que finalmente sucede con quien practica el mal.
La autodestrucción del impío y la victoria de la cruz (vv. 14–17)
«He aquí, el impío concibió maldad, se preñó de iniquidad, y dio a luz engaño. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; y en el hoyo que hizo caerá. Su iniquidad volverá sobre su cabeza, y su agravio caerá sobre su propia coronilla» (Salmo 7:14–16).
David describe el nacimiento y crecimiento del mal mediante la imagen de la concepción y el parto. El impío concibe la maldad, queda preñado de iniquidad y finalmente da a luz el engaño. El mal no aparece repentinamente sin ningún proceso; es concebido y crece dentro del corazón humano hasta manifestarse finalmente en las acciones. Esto concuerda con las palabras de Santiago:
«Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:15).
Pero el pozo que el impío cava para hacer caer a otro termina convirtiéndose en la trampa en la que él mismo cae. El mal que ha preparado vuelve sobre su propia cabeza, y la violencia que pretendía ejercer contra otros cae sobre él mismo.
Esto es semejante a Amán, quien preparó la horca para Mardoqueo, pero finalmente fue colgado en ella (Ester 7:9–10). Lo que había preparado para causar la muerte de otro terminó provocando su propia muerte.
Este principio se manifiesta de la manera más dramática en la cruz. Satanás movió a las personas para entregar a la muerte a Jesús, quien no tenía pecado, y pudo haber pensado que había vencido al matarlo. Sin embargo, por medio de esa misma cruz fueron quebrantados el poder del pecado y de la muerte, y fueron destruidas las obras del diablo. Precisamente allí donde parecía que el mal había triunfado, el poder del mal fue derrotado.
Por eso David, aun en medio de la injusticia, pudo abstenerse de tomar venganza por sí mismo y confiar su causa a Dios. Creía que el Juez justo era su escudo y que la maldad de los impíos finalmente volvería sobre sus propias cabezas.
Así, David termina este salmo, que comenzó con su clamor ante la injusticia, alabando la justicia de Dios.
«Alabaré a Jehová conforme a su justicia, y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo» (Salmo 7:17).
