El Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec

La Escritura dice acerca de Melquisedec:

“Porque este Melchîsedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, el cual salió á recibir á Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, al cual asimismo dio Abraham los diezmos de todo, primeramente él se interpreta Rey de justicia; y luego también Rey de Salem, que es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin linaje; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, mas hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre. Considerad pues cuán grande fué éste, al cual aun Abraham el patriarca dio diezmos de los despojos.” (Hebreos 7:1–4)

Algunos entienden a Melquisedec simplemente como un personaje humano. Sin embargo, esta interpretación no armoniza fácilmente con las expresiones utilizadas en este pasaje. La Escritura dice de Melquisedec que no tiene padre ni madre ni genealogía, que no tiene principio de días ni fin de vida. Estos atributos expresan una eternidad que pertenece únicamente a Dios.

Algunos consideran que Melquisedec debe ser un ser distinto de Dios porque es llamado “sacerdote del Dios Altísimo”. Sin embargo, cuando vemos que Jesús fue al mismo tiempo el sacrificio expiatorio y el Sumo Sacerdote, no resulta extraño pensar que Dios mismo pueda ejercer una función sacerdotal delante de Dios.

El santuario terrenal era figura y sombra del santuario celestial. Por lo tanto, el sumo sacerdote terrenal era figura del verdadero Sumo Sacerdote del santuario celestial. Bajo la ley del Antiguo Testamento, solamente Aarón y sus descendientes podían ejercer el sumo sacerdocio. De la misma manera, si Jesús, el Hijo, llegó a ser el Sumo Sacerdote eterno, podemos considerar que Dios Padre también obró como la fuente de aquella obra redentora y sacerdotal.

Así como el sumo sacerdote del Antiguo Testamento transfería al sacrificio expiatorio los pecados de Israel en el Día de la Expiación, Dios hizo que Jesús, nuestro sacrificio expiatorio, llevara todos nuestros pecados. La Escritura dice:

“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Isaías 53:6)

La Escritura también dice:

“He aquí amargura grande me sobrevino en la paz: mas á ti plugo librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados.” (Isaías 38:17)

Dios hizo que Jesús llevara todos nuestros pecados, y Jesús, cargando con ellos, derramó Su sangre y murió en la cruz, obteniendo así una expiación eterna. Después de esto, Dios juró acerca de Jesús:

“Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melchîsedec.” (Salmos 110:4)

Jesús no solo realizó una expiación eterna al ofrecerse como sacrificio por nuestros pecados, sino que también llegó a ser el Sumo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec y entró una vez para siempre en el santuario celestial. Y aun ahora es nuestro Abogado delante de Dios. La Escritura dice:

“Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, á Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” (1 Juan 2:1–2)