El que salvará a Su pueblo de sus pecados

El pecado fundamental de Israel, el pueblo de Dios, fue que, aunque Dios había llegado a ser su Dios, ellos se apartaron de Él y sirvieron a otras cosas en lugar de servir a Dios. Dios dijo a Israel:

“Tu maldad te castigará, y tus apartamientos te condenarán; sabe pues y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú á Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti.” (Jeremías 2:19)

Sin embargo, Israel no comprendía el pecado que había cometido. Por el contrario, preguntaba:

“¿Cuál es nuestra maldad, ó cuál nuestro pecado, que cometimos contra Jehová nuestro Dios?” (Jeremías 16:10)

Entonces Dios les declaró claramente cuál era su pecado:

“Porque vuestros padres me dejaron, dice Jehová, y anduvieron en pos de dioses ajenos, y los sirvieron, y á ellos se encorvaron, y me dejaron á mí, y no guardaron mi ley.” (Jeremías 16:11)

El hecho de que Israel sirviera a otros dioses era una clara evidencia de que se había apartado de Dios. Sin embargo, los israelitas no pensaban que hubieran abandonado a Dios, porque creían que seguían ofreciéndole sacrificios y guardando Su ley. A ese Israel Dios le dijo:

“Porque este pueblo se acerca á mí con su boca, y con sus labios me honra, mas su corazón alejó de mí, y su temor para conmigo fué enseñado por mandamiento de hombres.” (Isaías 29:13)

El problema de Israel no era simplemente que hubiera dejado de servir a Dios, sino que, aun pensando que servía a Dios, su corazón se había alejado de Él.

En el nombre Jesús está contenido este propósito salvador de Dios:

“Y parirá un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará á su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1:21)

Jesús vino a este mundo para que Israel, que se había apartado de Dios, reconociera su pecado, volviera a Dios y llegara a ser un pueblo que viviera conforme a Su voluntad.

Sin embargo, la salvación de Dios no está limitada solamente a Israel. La Escritura dice:

“¿Es Dios solamente Dios de los Judíos? ¿No es también Dios de los Gentiles? Cierto, también de los Gentiles.” (Romanos 3:29)

Dios no es solamente el Dios de Israel, sino también nuestro Dios. Por lo tanto, Jesús no solo salva a Israel de sus pecados, sino que también nos salva a nosotros de nuestros pecados. Por medio del pecado de Israel, la Escritura nos muestra que nosotros también estuvimos en la misma condición de pecado:

“En que en otro tiempo anduvisteis conforme á la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire… entre los cuales todos nosotros también vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, también como los demás.” (Efesios 2:2–3)

La Escritura dice:

“La avaricia, que es idolatría.” (Colosenses 3:5)

Así como Israel se apartó de Dios para servir a otros dioses, nosotros también amamos otras cosas más que a Dios y levantamos ídolos en nuestro corazón.

El propósito por el cual Jesús vino a este mundo no termina simplemente con el perdón de nuestros pecados. Él vino para limpiarnos del poder del pecado y hacernos un pueblo que pertenece a Dios y que procura hacer las buenas obras que le agradan. Por eso la Escritura dice:

“Que se dió á sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2:14)

Por lo tanto, cuando decimos que Jesús nos salva de nuestros pecados, esto no significa solamente que nuestros pecados son perdonados. Significa también que, por medio del perdón de los pecados, nosotros, que estábamos alejados de Dios, somos restaurados a una relación con Él y llegamos a ser Su pueblo para servirle.

Zacarías, lleno del Espíritu Santo, profetizó:

“Que sin temor librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días nuestros.” (Lucas 1:74–75)

El propósito de la salvación de Jesús es librarnos de la esclavitud del pecado y hacernos siervos de Dios. Por eso la Escritura dice:

“Pues que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también estad armados del mismo pensamiento: que el que ha padecido en la carne, cesó de pecado; para que ya el tiempo que queda en carne, viva, no á las concupiscencias de los hombres, sino á la voluntad de Dios. Porque nos debe bastar que el tiempo pasado de nuestra vida hayamos hecho la voluntad de los Gentiles, cuando conversábamos en lascivias, en concupiscencias, en embriagueces, en glotonerías, en banquetes, y en abominables idolatrías.” (1 Pedro 4:1–3)

Por lo tanto, cuando la Escritura dice que Jesús “salvará a Su pueblo de sus pecados”, significa que aquellos que estaban apartados de Dios y vivían conforme a su propia voluntad reciben el perdón de sus pecados, vuelven a pertenecer a Dios y llegan a ser Su pueblo propio, viviendo conforme a la voluntad de Dios.