Todo lo mío es tuyo

Leamos Lucas 15:25–32.

“Y su hijo el mayor estaba en el campo; el cual como vino, y llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las danzas; y llamando á uno de los criados, preguntóle qué era aquello. Y él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso, por haberle recibido salvo. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era menester hacer fiesta y holgarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado.” (Lucas 15:25–32)

El valor de una cosa está relacionado con el precio que se paga por ella. Hay varias razones por las que las personas consideran el oro mucho más valioso que una piedra común, pero una de las principales es que su precio es incomparablemente mayor. Si el oro fuera tan abundante y barato como las piedras, probablemente lo trataríamos como una piedra cualquiera. De esta manera, cuanto mayor es el precio de algo, más valioso lo consideramos.

Entonces, ¿cuánto valemos nosotros?

Sería un grave error pensar en nuestro valor como si fuera simplemente el precio que antiguamente podía asignarse a un esclavo. La vida de una persona representa todo lo que ella es, y Dios nos compró con la vida de Jesús. Por lo tanto, nuestro valor está determinado por el precio que Dios pagó por nosotros: la vida de Su Hijo. Es maravilloso pensar que Dios nos considera tan preciosos que entregó a Jesús por nosotros. Por eso Romanos 8:32 dice:

“El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32)

Jesús es el Señor de todas las cosas. Puesto que Dios pagó por nosotros el precio de Su propio Hijo, también nosotros, en Cristo, podemos participar de todo lo que Dios nos concede juntamente con Él. Por eso el apóstol Pablo dijo:

“Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro.” (1 Corintios 3:21)

La insatisfacción nace de la ignorancia

El padre preparó un banquete para su hijo menor, que había regresado después de irse a una tierra lejana y malgastar allí todos sus bienes viviendo perdidamente. Cuando el hijo mayor vio lo que había sucedido, se enojó.

Le dijo a su padre:

“He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso.”

Habló de esta manera porque no comprendía que todo lo que pertenecía a su padre también estaba a su disposición como hijo. Por eso su padre le dijo:

“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.”

Si hubiera comprendido esta verdad, no habría vivido pensando constantemente en una separación entre “lo de mi padre” y “lo mío”.

De la misma manera, si nosotros no comprendemos que en Cristo todas las cosas son nuestras, podemos llegar a quejarnos contra Dios al ver que otra persona parece tener más que nosotros. Y cuanto más piense alguien que ha vivido más fielmente para Dios que los demás, mayor puede llegar a ser su descontento.

Sin embargo, la Escritura nos describe como:

“Como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.” (2 Corintios 6:10)

Dios es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos

Jesús dijo:

“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” (Juan 14:20)

Si Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús, el Padre y el Hijo son uno. Del mismo modo, si Jesús está en nosotros y nosotros estamos en Jesús, estamos unidos con Cristo. Por lo tanto, no es extraño que participemos juntamente con Él de lo que Dios le ha dado.

Dios nos trata de esta manera porque Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

Los padres se alegran cuando a sus hijos les va bien. Tampoco consideran una pérdida darles lo que tienen. Por eso la Escritura dice:

“El cumplimiento de la ley es la caridad.” (Romanos 13:10)

Los padres no sienten envidia ni celos del bienestar de sus hijos porque los aman. Al contrario, desean que sus hijos prosperen.

Vosotros sois nuestra gloria, y nosotros la vuestra

El apóstol Pablo dijo:

“Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro.” (1 Corintios 3:22)

Si creemos esta verdad, no tendremos que envidiar ni sentir celos de una persona que está más adelantada espiritualmente que nosotros. Al contrario, sabiendo que también ella es nuestra en Cristo, podremos alegrarnos con ella y orar por ella.

Por eso el apóstol Pablo dijo:

“Somos vuestra gloria, como también vosotros la nuestra.” (2 Corintios 1:14)

El hijo mayor no comprendía que todo lo de su padre era suyo y que incluso la alegría por la restauración de su hermano podía ser también su propia alegría. Si lo hubiera comprendido, se habría alegrado y habría celebrado junto con su padre el regreso de su hermano que había vuelto con vida.

Nosotros también, por ignorancia y por pensamientos equivocados, muchas veces dejamos de disfrutar el gozo que nos corresponde y desperdiciamos nuestro tiempo en contiendas y envidias.

El Diablo utiliza nuestra ignorancia para engañarnos. Por eso nunca debemos olvidar que Dios es nuestro Padre.

El Padre se complace en dar todas las cosas a Sus hijos.