Miraron, y todos vivieron

Miraron, y todos vivieron

Jesús es el regalo de Dios

Si un estudiante estudia mucho y recibe una beca, esta no es un regalo, sino la recompensa por su esfuerzo. Pero si una escuela entrega gratuitamente una computadora a todos sus estudiantes, entonces eso sí es un regalo para ellos. Durante la pandemia de COVID-19, muchos países dieron ayudas económicas gratuitas a sus ciudadanos. Puesto que cualquier ciudadano de esos países podía recibirlas, eran una gracia y un regalo del gobierno para el pueblo.

De la misma manera, para que un regalo sea verdaderamente un regalo, debe darse gratuitamente, sin ninguna condición. Como dice la Escritura:

“Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda.” (Romanos 4:4)

Lo que una persona obtiene por su propio trabajo y esfuerzo es una recompensa que le corresponde recibir, y no puede llamarse gracia ni regalo.

Jesús murió en la cruz por nuestros pecados. Si Jesús hubiera muerto solamente por las personas buenas y humildes, o únicamente por ciertas personas que asisten a la iglesia, entonces no podría ser un regalo para todos. Pero Dios entregó a Jesús en la cruz por nuestros pecados cuando nosotros estábamos apartados de Él, siendo siervos del Diablo y practicando el mal. Por lo tanto, es evidente que Jesús es el regalo de gracia que Dios nos dio independientemente de nuestras obras. La Escritura dice:

“Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.” (Romanos 11:6)

La Biblia también dice:

“Por tanto es por la fe, para que sea por gracia.” (Romanos 4:16)

Así como un regalo llega a ser nuestro simplemente al recibirlo, cualquiera que crea en Jesús, el regalo de Dios, llega a ser hijo de Dios y heredará el reino de los cielos.

El ladrón en la cruz que fue salvo poco antes de morir

En la Biblia encontramos muchas historias de personas que fueron salvas por creer en Jesús. Una de ellas es la del ladrón que moría en una cruz junto a Jesús. Por sus propias obras, aquel hombre jamás habría podido alcanzar la salvación. No solo había cometido delitos tan graves que había sido condenado a muerte, sino que también había injuriado a Jesús mientras estaba en la cruz. La Escritura dice:

“Entonces crucificaron con él dos ladrones, uno á la derecha, y otro á la izquierda. Y los que pasaban, le decían injurias, meneando sus cabezas, y diciendo: Tú, el que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate á ti mismo: si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los príncipes de los sacerdotes, escarneciendo con los escribas y los Fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, á sí mismo no puede salvar: si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo también le zaherían los ladrones que estaban crucificados con él.” (Mateo 27:38–44)

Como podemos ver en este pasaje, los dos ladrones que estaban a ambos lados de Jesús lo injuriaban cuando fueron crucificados. Sin embargo, mientras uno continuó blasfemando contra Jesús, el otro cambió, creyó en Él y recibió la promesa del paraíso. Sus propias palabras lo demuestran:

“Y uno de los malhechores que estaban colgados, le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate á ti mismo y á nosotros. Y respondiendo el otro, reprendióle, diciendo: ¿Ni aun tú temes á Dios, estando en la misma condenación? Y nosotros, á la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo. Y dijo á Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres á tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:39–43)

Uno de los ladrones, aun habiendo cometido delitos dignos de muerte, no temía a Dios; pero el otro temió a Dios por causa de sus pecados. Aunque la Biblia no lo registra explícitamente, podemos entender que Jesús, aun en medio del sufrimiento de la cruz, le anunció el evangelio a aquel hombre que temía a Dios. De otro modo, sería difícil pensar que quien poco antes había injuriado a Jesús pudiera comprender por sí mismo el evangelio y recibir a Jesús en tan breve tiempo.

Mientras escuchaba las palabras de Jesús, comprendió que Jesús no había hecho nada malo y que era inocente. También llegó a comprender que Jesús, siendo inocente, estaba muriendo en la cruz por los pecados de ellos.

Él no hizo nada para entrar en el reino de los cielos. Sus manos y sus pies estaban clavados en la cruz, de modo que no podía realizar ninguna buena obra. Lo único que hizo fue escuchar y creer el evangelio que Jesús anunciaba. Por eso, para él, Jesús pudo ser verdaderamente el regalo de Dios.

La salvación es instantánea

El ladrón en la cruz fue salvo en menos de seis horas, pues aproximadamente seis horas transcurrieron desde que Jesús fue crucificado hasta que murió. Esto nos muestra que una persona no necesita mucho tiempo para recibir la salvación.

Algunos dicen que la salvación no ocurre de una sola vez, sino que, aun después de creer en Jesús, debe alcanzarse progresivamente mediante el esfuerzo personal. Pero esto no concuerda con lo que vemos en la Escritura. Conforme a la promesa de Dios registrada en la Biblia, cualquiera que cree en Jesús recibe la salvación. Al observar cómo fueron salvos Cornelio y los que estaban con él, podemos ver que la salvación ocurre en el momento en que una persona cree en Jesús.

Un ángel de Dios se apareció a Cornelio en una visión y le dijo que mandara llamar a Pedro, que estaba en Jope. Cornelio hizo venir a Pedro y, junto con sus parientes y amigos íntimos, escuchó las palabras que Pedro les predicó. Pedro les anunció el evangelio de Jesucristo:

“Y nosotros somos testigos de todas las cosas que hizo en la tierra de Judea, y en Jerusalem; al cual mataron colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, é hizo que apareciese manifiesto, no á todo el pueblo, sino á los testigos que Dios antes había ordenado, es á saber, á nosotros que comimos y bebimos con él, después que resucitó de los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón.” (Hechos 10:39–44)

Cuando Cornelio y los que estaban con él escucharon las palabras de Pedro de que “todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre”, el Espíritu Santo descendió sobre ellos.

La Escritura dice:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:38)

Cuando comprendieron que Jesús había perdonado todos sus pecados, recibieron como regalo el Espíritu Santo.

También está escrito:

“En el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” (Efesios 1:13)

Como podemos ver en este pasaje, el Espíritu Santo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Así, cualquiera que sea el pecado que una persona haya cometido, en el momento en que cree en Jesús, quien murió por los pecados de todos, recibe el Espíritu Santo como regalo y llega a ser hijo de Dios. Por eso la salvación es instantánea.

La fe no es de todos

Aunque cualquiera que crea en Jesús recibe la salvación, no todos son salvos. Esto se debe a que el Diablo procura impedir que las personas crean el evangelio de Jesucristo. La Escritura dice:

“Que si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto: en los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” (2 Corintios 4:3–4)

Así como el Diablo hizo que Adán y Eva, después de conocer el bien y el mal, fijaran sus ojos en su propia desnudez y temieran a Dios, también hoy engaña a las personas para que no miren a Jesús crucificado, sino que miren solamente su propia condición pecaminosa. De este modo, las lleva a condenarse a sí mismas según la ley del bien y del mal y a tener miedo de Dios.

El hombre teme a Dios porque no conoce Su amor. La Escritura dice:

“En amor no hay temor; mas el perfecto amor echa fuera el temor: porque el temor tiene pena. De donde el que teme, no está perfecto en el amor.” (1 Juan 4:18)

Así como el hielo completamente congelado durante un frío invierno se derrite y desaparece cuando recibe los cálidos rayos del sol, cuando el amor de Dios resplandece en el corazón de una persona, desaparece por completo el temor al castigo por causa del pecado.

En el amor no hay temor

Como dice la Escritura:

“Mas el amor cubrirá todas las faltas.” (Proverbios 10:12)

Para el amor no hay pecado que no pueda ser perdonado. Por eso el hombre puede disfrutar de verdadera libertad dentro del amor.

Los hermanos de José temían el castigo de Dios porque no solo habían querido matar a José, sino que además lo habían vendido por veinte piezas de plata a unos mercaderes ismaelitas. Cuando hubo hambre y fueron a Egipto a comprar alimento, fueron acusados de ser espías. Entonces dijeron:

“Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, que vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le oímos: por eso ha venido sobre nosotros esta angustia.” (Génesis 42:21)

Rubén, el hermano mayor, también les dijo:

“¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el mozo; y no escuchasteis? He aquí también su sangre es requerida.” (Génesis 42:22)

Estas palabras muestran que temían el castigo de Dios por el pecado que habían cometido contra José.

José, que había llegado a ser gobernador de Egipto, deseaba traer a su familia desde Canaán hasta Egipto para que compartiera con ellos la gloria de la que él disfrutaba. Sin embargo, sabía que sus hermanos podrían tener miedo de acercarse a él pensando que quizá los mataría por el mal que le habían hecho. Por eso José necesitaba, ante todo, mostrarles su amor. Para hacerlo, permitió que a la culpa de haberlo vendido se añadieran otras culpas, llevándolos a una situación en la que se vieran como pecadores sin excusa alguna.

Cuando sus hermanos llegaron a comprar grano, José los acusó de ser espías, pues ellos no lo reconocieron. Luego encerró a Simeón en la cárcel y les exigió que trajeran al hermano menor del que habían hablado para demostrar que no eran espías. Además, hizo devolver a sus sacos el dinero que habían llevado para comprar el grano, haciendo que pareciera que habían tomado lo que no les pertenecía.

Para evitar ser considerados ladrones, los hermanos regresaron por segunda vez a Egipto llevando consigo el dinero encontrado en sus sacos y a su hermano menor, Benjamín. Entonces José los llevó a su casa, les dio de comer, permitió que permanecieran allí y después los dejó regresar a su hogar.

Pero esta vez no solo volvió a poner en sus sacos el dinero con el que habían comprado el grano, sino que también puso su copa de plata en el saco de Benjamín. Luego envió a su mayordomo tras ellos e hizo que encontrara la copa en el saco de Benjamín. Así, los hermanos quedaron como hombres culpables de haber pagado con mal el bien que habían recibido, sin tener ninguna excusa.

Finalmente, cuando sus corazones quedaron abatidos y volvieron a presentarse delante de José como hombres que no tenían salida, José se dio a conocer. Lleno de alegría por sus hermanos, los besó, los abrazó y lloró.

Los hermanos sabían que, además de haber vendido a José, ahora parecían culpables de haber robado el dinero del grano y de haber respondido con mal al favor que habían recibido. Sin embargo, en las lágrimas de alegría de José vieron que él verdaderamente los amaba. Entonces pudieron comprender que todos sus pecados habían quedado cubiertos por el amor de José.

Como dice la Escritura:

“La ley empero entró para que el pecado creciese; mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia.” (Romanos 5:20)

Cuanto más parecía aumentar la culpa de los hermanos de José sobre el pecado de haberlo vendido, más grande se hacía visible el amor de José hacia ellos. Y dentro de ese amor pudieron ser liberados de la culpa por haber vendido a su hermano.

Mostró Su amor

Nosotros temíamos a Dios por causa de nuestros pecados. Ningún trabajo ni esfuerzo nuestro podía librarnos de ese temor. Por eso Dios tenía que mostrarnos Su amor.

Dios confirmó Su amor hacia nosotros entregando a Su Hijo unigénito a la muerte por nuestros pecados. La Escritura dice:

“En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros.” (1 Juan 3:16)

La muerte de Jesús en la cruz fue por nuestros pecados, pero también tuvo el propósito de mostrarnos el amor de Dios para que pudiéramos conocerlo.

El hecho de que Dios preparara a Jesús para nuestros pecados desde antes de la fundación del mundo nos muestra que Él ya nos amaba antes de crear al hombre. Es semejante a una mujer casada que, aun antes de quedar embarazada, piensa con esperanza y alegría en el hijo que algún día tendrá y ya lo ama.

Sin embargo, el hombre creado por Dios se apartó de Él, se hizo siervo del Diablo y entristeció a Dios.

Así como unos padres que aman a su hijo no pueden abandonarlo simplemente porque haya hecho algo malo, Dios no nos abandonó aun cuando nos apartamos de Él y vivimos en pecado. Dios quiso mostrarnos Su amor para que regresáramos a Él, fuéramos reconciliados con Él y compartiéramos Su amor. Para hacer posible esto, Jesús fue crucificado por nosotros.

La Escritura dice:

“Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” (Salmos 103:12)

Así como el oriente y el occidente se extienden en direcciones opuestas y nunca llegan a encontrarse, Jesús quitó completamente nuestros pecados para que nunca más volviéramos a encontrarnos con ellos. De esta manera hizo que nuestros pecados ya no fueran un obstáculo para regresar a Dios.

Miraron, y vivieron

Como dice la Escritura:

“Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19)

Dios nos amó antes de que nosotros lo amáramos a Él. Lo demostró entregando a Su Hijo a la muerte por nosotros cuando todavía éramos pecadores, y ahora nos dice que creamos en ese amor.

La Escritura dice:

“Mirad á mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más.” (Isaías 45:22)

Después de salir de Egipto y pasar largos años en el desierto, los hijos de Israel tuvieron que rodear la tierra de Edom en lugar de tomar un camino más corto hacia Canaán. Por eso comenzaron a murmurar contra Dios y contra Moisés.

Entonces Dios envió serpientes ardientes entre el pueblo, y estas mordieron a los israelitas, de modo que muchos murieron. El pueblo acudió a Moisés y le pidió que orara a Dios para que quitara las serpientes. Moisés oró por ellos.

Entonces Dios dijo a Moisés:

“Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre la bandera: y será que cualquiera que fuere mordido y mirare á ella, vivirá.” (Números 21:8)

Moisés hizo una serpiente de metal y la puso sobre una bandera; y cuando alguno era mordido por una serpiente y miraba aquella serpiente, vivía.

La serpiente levantada era una figura de Jesucristo. Por eso Jesús dijo:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:14–15)

Cualquiera que mire a Jesús crucificado puede comprender que sus pecados ya fueron perdonados en la cruz. Mirar a Jesús es tan sencillo como lo fue para quien había sido mordido por una serpiente levantar la cabeza y mirar la serpiente que Moisés había levantado.

Para recibir la salvación, debemos dejar de mirarnos a nosotros mismos y volver nuestra mirada hacia Jesús crucificado. Así como quien había sido mordido por una serpiente y no podía escapar de la muerte mediante ningún esfuerzo ni método propio recibía vida al mirar la serpiente levantada, cualquier persona, sin importar qué pecados haya cometido, recibe vida eterna al mirar a Jesús crucificado.

No hay diferencia

El Diablo procura impedir que las personas miren a Jesús haciendo que contemplen únicamente su propia condición pecaminosa. Por eso quien es engañado por el Diablo mira su propia maldad y piensa que Dios no tiene ningún interés en alguien como él y que jamás podría amarlo.

Pero la Escritura dice:

“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, cualquiera que juzgas: porque en lo que juzgas á otro, te condenas á ti mismo; porque lo mismo haces, tú que juzgas.” (Romanos 2:1)

Esto significa que tanto quien juzga a otro como quien es juzgado no tienen nada de qué gloriarse el uno sobre el otro; delante de Dios, ninguno puede considerarse superior.

Cuando Jesús habló a Sus discípulos acerca de los días de tribulación que vendrían, dijo:

“Y si el Señor no hubiese abreviado aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de los escogidos que él escogió, abrevió aquellos días.” (Marcos 13:20)

Así como todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron para salvar sus propias vidas cuando Él fue arrestado, aun la persona que parece más fiel delante de Dios podría caer si fuera sometida a una prueba mayor de la que pudiera soportar. Todos los seres humanos son iguales en este sentido, y nadie puede gloriarse de sí mismo delante de Dios.

Puesto que todos son iguales, el hombre no es justificado por sus propias obras, sino por creer en Jesús. Por eso no hay diferencia: cualquiera que cree en Jesús es justificado. Dios cuenta como justicia la fe en Jesús, y considera pecado no creer en Él.

Por lo tanto, cuando la Escritura habla del justo, no se refiere simplemente a una persona cuyas obras son justas, sino a quien tiene fe en Jesús; y cuando habla del pecador, no se refiere simplemente a una persona cuyas obras son malas, sino a quien no cree en Jesús.

Rahab, que había vivido como ramera en Jericó; la mujer samaritana, que vivía con un sexto hombre y era despreciada por la gente; y Zaqueo, que era considerado pecador porque recaudaba impuestos de su propio pueblo para los romanos, fueron personas justificadas por la fe.

Por eso la Escritura dice:

“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” (Romanos 10:13)

Por muy malvada que haya sido una persona, si mira a Jesús y cree en Él, recibe la salvación y reinará eternamente con Dios en el reino de los cielos.