Dios formó a Adán del polvo de la tierra, y Adán estaba desnudo. Sin embargo, a los ojos de Dios todo era muy bueno. Para Dios, la desnudez de Adán no era ningún problema, y Adán tampoco se avergonzaba de estar desnudo. Era como la desnudez de los animales, que nos parece natural y de la cual ellos mismos tampoco sienten vergüenza.
Pero después de que Adán y su esposa Eva comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que Dios les había prohibido comer, se avergonzaron de su desnudez y cubrieron sus cuerpos con hojas de higuera. Detrás de este cambio que se produjo en ellos estaba la obra del Diablo, representado por la serpiente.
La serpiente comenzó a tentar a Eva diciéndole:
“¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1)
Eva respondió a la serpiente:
“Del fruto de los árboles del huerto comemos; mas del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, porque no muráis.” (Génesis 3:2–3)
Entonces la serpiente dijo a la mujer:
“No moriréis; mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:4–5)
Engañada por la serpiente, Eva tomó del fruto y comió; luego dio también a su marido, que estaba con ella, y Adán comió. Entonces, tal como había dicho la serpiente, fueron abiertos sus ojos, conocieron que estaban desnudos y cosieron hojas de higuera para hacerse delantales con los cuales cubrirse.
Cuando Adán y Eva llegaron a conocer el bien y el mal, no solo comenzaron a avergonzarse de su desnudez, sino que también comenzaron a temer a Dios. Cuando Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9), Adán respondió:
“Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme.” (Génesis 3:10)
Al oír esto, Dios le preguntó:
“¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” (Génesis 3:11)
Aquí debemos considerar algo importante. Dios creó al hombre conforme a Su imagen, y el hombre era para Él un objeto de gozo en quien no había nada que Dios considerara problemático. Entonces, ¿por qué Adán llegó a avergonzarse de su desnudez y, aún más, a temer a Dios hasta el punto de esconderse de Él? Según el conocimiento del bien y del mal que Adán había adquirido, ¿era realmente su desnudez algo vergonzoso y tan malo como para tener miedo de Dios? En realidad, no lo era.
La vergüenza que una persona siente por estar desnuda no es algo absoluto, sino que cambia según la situación y las circunstancias. Una misma persona puede considerar natural estar desnuda mientras se baña, pero sentir una gran vergüenza si se encuentra desnuda en una calle donde todos los demás están vestidos. Si la desnudez fuera vergonzosa y mala en sí misma, sentiríamos vergüenza y temor aun cuando nos bañáramos a solas. Sin embargo, las personas tampoco sienten necesariamente vergüenza en los baños públicos.
Por lo tanto, cuando Adán y Eva llegaron a conocer el bien y el mal, ellos eran los únicos dos seres humanos en el mundo, y no había razón para que sintieran vergüenza de sus cuerpos desnudos. Sin embargo, cubrieron sus cuerpos y se escondieron de Dios. Esto nos permite comprender que detrás de aquello no estaba simplemente su juicio acerca del bien y del mal, sino también la obra del Diablo. Jesús dijo acerca del Diablo:
“Él, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.” (Juan 8:44)
El Diablo, padre de mentira, utilizó con su astucia el conocimiento del bien y del mal que Adán había adquirido, haciéndole percibir su desnudez como algo vergonzoso y tan malo que merecía el juicio de Dios. De esta manera, el Diablo procuró hacer que Adán temiera a Dios y se apartara de Él, llevándolo así a la muerte espiritual. Por eso Jesús dijo que el Diablo era “homicida desde el principio”.
El hecho de que Adán y Eva, engañados por el Diablo, temieran a Dios y se escondieran de Él tiene una gran enseñanza para nosotros hoy, porque el Diablo continúa engañando a las personas de la misma manera.
Jesús vino a este mundo como sacrificio expiatorio para lavar nuestros pecados y limpiarnos. Así como en el Antiguo Testamento las ovejas y los machos cabríos cargaban con los pecados de Israel y, mediante su muerte, servían para su purificación, Jesús llevó sobre Sí el pecado del mundo y, muriendo en la cruz, pagó la paga del pecado, que es la muerte, y perdonó todos nuestros pecados.
Sin embargo, el Diablo, padre de mentira, aunque Jesús claramente murió en la cruz, continúa engañando a las personas como si todavía quedaran pecados nuestros que Dios tuviera que perdonar. Quien, engañado por el Diablo, dice que todavía tiene pecados que deben ser perdonados por Dios, no es diferente del pueblo de Israel que salió de Egipto y que, aun después de haber visto con sus propios ojos los numerosos milagros de Dios y la apertura del Mar Rojo, fue engañado y terminó murmurando contra Dios y desconfiando de Él.
Por medio de Jesús hemos sido hechos santos, sin nada que Dios pueda condenar en nosotros. Sin embargo, el Diablo nos engaña para impedir que miremos a la cruz; hace que fijemos nuestros ojos solamente en nosotros mismos y en los pecados que cometemos, para mantenernos todavía atados al pecado. Luego utiliza nuestro propio conocimiento del bien y del mal para condenarnos y hacernos temer el juicio de Dios, alejándonos cada vez más de Él.
Por eso la Escritura nos manda resistir al Diablo. Cuando el Diablo tentó a Jesús después de que Él había ayunado cuarenta días en el desierto y tenía hambre, Jesús lo venció con la Palabra de Dios. De la misma manera, cuando el Diablo nos condena, debemos mirar a la cruz donde Jesús derramó Su sangre.
Jesús dijo:
“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:14–15)
