Fe y obras

Las acciones de una persona están influenciadas por lo que hay en su corazón. Es semejante a la manera en que un automóvil se conduce de forma diferente según quien esté al volante. Aunque sea el mismo automóvil, si lo conduce una persona de carácter tranquilo, avanzará de manera estable; pero si lo conduce una persona impaciente, lo hará de manera brusca y temeraria. Por eso, al observar cómo se conduce un automóvil, podemos tener cierta idea de cómo es el conductor. De la misma manera, al observar las palabras y las acciones de una persona, podemos conocer lo que hay en su corazón.

Dios creó al hombre conforme a Su propia imagen, y por eso el primer hombre no tenía pecado. Su corazón era puro y vivía de una manera agradable a Dios. Sin embargo, por la tentación del Diablo, el hombre pecó, y como resultado su corazón se corrompió y comenzó a practicar toda clase de mal. Por eso Jesús dijo:

“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, las desvergüenzas, el ojo maligno, las injurias, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.” (Marcos 7:21–23)

Del hombre que se apartó de Dios y quedó bajo el poder del Diablo no podía salir sino pecado. Por eso, por naturaleza, el ser humano estaba bajo la ira de Dios. El apóstol Pablo dijo:

“Entre los cuales todos nosotros también vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, también como los demás.” (Efesios 2:3)

A este ser humano Dios tenía que darle un corazón nuevo. Dios salva a quienes creen en Jesucristo y les da un corazón nuevo y Su Espíritu. La Escritura dice:

“Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos, y guardéis mis derechos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:26–27)

Zaqueo es un buen ejemplo de este cambio. Antes de encontrarse con Jesús había vivido una vida pecaminosa como publicano, pero después de recibir a Jesús confesó:

“He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy á los pobres; y si en algo he defraudado á alguno, lo vuelvo con el cuatro tanto.” (Lucas 19:8)

Al oír sus palabras, Jesús dijo:

“Hoy ha venido la salvación á esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino á buscar y á salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:9–10)

Jesús no declaró la salvación de Zaqueo simplemente porque este hubiera decidido intentar vivir como una buena persona. Jesús vio que un corazón nuevo estaba obrando en su vida.

De la misma manera, cuando una persona cree en Jesús y recibe la salvación, Dios le da un corazón nuevo, y por eso comienza a vivir de una manera diferente a la de antes. Es como un ave, que no tiene que esforzarse por vivir como ave, sino que vive naturalmente conforme a lo que es; o como un cerdo, que no necesita esforzarse por comportarse como cerdo, sino que vive conforme a su propia naturaleza.

Lo mismo sucede con el amor de los padres hacia sus hijos. Los padres no tienen que esforzarse para amar a sus hijos; los aman naturalmente porque llevan ese amor en su corazón.

Por esta razón, cuando Salomón juzgó entre dos mujeres que afirmaban ser la madre del mismo niño, ordenó que el niño fuera dividido en dos. Sabía que la verdadera madre, por el amor que tenía hacia su hijo, estaría dispuesta incluso a renunciar a su propio derecho con tal de salvar la vida del niño.

Así como podemos conocer el corazón de una persona por medio de sus acciones, también podemos conocer su fe por medio de sus obras. La fe y las obras están relacionadas y obran juntamente. Como dice la Escritura:

“Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras es muerta.” (Santiago 2:26)

Cuando Dios ordenó a Abraham que ofreciera a su hijo Isaac en holocausto, Abraham pudo obedecer porque creyó que el Dios que había dicho:

“En Isaac te será llamada simiente.” (Hebreos 11:18)

era poderoso incluso para levantar a Isaac de entre los muertos.

Lo mismo ocurrió con Rahab la ramera. Ella escondió entre los tallos de lino que tenía sobre el terrado a los dos espías israelitas que habían venido a reconocer Jericó, desvió a quienes los perseguían y después los ayudó a escapar de la ciudad por una ventana mediante una cuerda.

Rahab actuó de esta manera no porque hubiera visto personalmente el resultado de la guerra, sino porque creyó que Dios ya había entregado aquella tierra a Israel. Ella confesó a los espías:

“Sé que Jehová os ha dado esta tierra… Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.” (Josué 2:9–11)

De esta manera, aunque una persona pueda esconder lo que hay en su corazón, finalmente este se manifiesta por medio de sus palabras y acciones. Lo mismo sucede con la fe. La fe de una persona necesariamente produce fruto en su vida. Por eso Jesús dijo:

“Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, ó higos de los abrojos? Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos.” (Mateo 7:16–17)

El apóstol Pablo también exhortó:

“Examinaos á vosotros mismos si estáis en fe; probaos á vosotros mismos.” (2 Corintios 13:5)

La persona vive conforme a lo que cree en su corazón, y esa fe termina manifestándose en los frutos de su vida. Por lo tanto, si alguien desea saber si su fe es verdadera, debe examinar qué clase de fruto está produciendo en su vida.

Las obras son evidencia de la fe que una persona tiene.