La ley de la muerte y la ley de la vida

La ley de la muerte y la ley de la vida

No depende de las obras, sino de la ley

Por muy mala que haya sido la conducta de una persona, si no existe una ley que la condene por aquello que hizo, no recibirá ningún castigo. Por el contrario, aunque una persona considere que lo que hizo fue completamente correcto, si existe una ley que la condena por ello, se convierte en culpable. En definitiva, lo que hace que una persona sea pecadora no son simplemente sus obras, sino la ley que la condena.

Daniel era un hombre que oraba a Dios tres veces al día. Había alcanzado una posición elevada porque gozaba del favor del rey Darío, pero esto despertó la envidia de otros. Los que lo envidiaban buscaron alguna ocasión para acusarlo, pero no pudieron hallar ninguna falta ni motivo alguno contra él.

Entonces propusieron al rey que estableciera una ley según la cual, durante treinta días, cualquiera que hiciera petición a algún dios u hombre fuera del rey sería echado en el foso de los leones. El rey aprobó aquella ley.

Daniel, aun sabiendo que el decreto había sido firmado, entró en su casa, abrió las ventanas de su aposento que daban hacia Jerusalén y, como acostumbraba hacerlo antes, se arrodilló tres veces al día, oró y dio gracias delante de su Dios. Por esta razón fue descubierto y quedó condenado a ser echado en el foso de los leones.

Aunque Daniel era un hombre fiel delante de Dios, se convirtió en culpable ante la ley que lo condenaba. De la misma manera, no son simplemente las acciones de una persona, sino la ley, la que la declara culpable.

En Las Vegas, Estados Unidos, una persona puede participar legalmente en ciertos juegos de azar porque allí existen leyes que los permiten. Sin embargo, si hace lo mismo en un lugar donde la ley los prohíbe, puede convertirse en infractora y recibir un castigo. Por eso la Escritura dice:

“Porque sin la ley el pecado está muerto.” (Romanos 7:8)

Donde no hay ley que condene una acción, tampoco hay transgresión de esa ley.

Los dos decretos del rey

No todas las leyes condenan al hombre. Una ley puede condenarlo, mientras que otra puede librar de la condenación a quien ya estaba sentenciado.

Asuero era rey de Persia y gobernaba sobre ciento veintisiete provincias. Su esposa era Ester. El rey Asuero engrandeció a Amán y lo puso por encima de todos los príncipes que estaban con él, ordenando que se inclinaran y se postraran delante de Amán.

Todos se inclinaban ante él, excepto Mardoqueo, quien, por ser judío, no doblaba la rodilla ni se postraba delante de Amán. Al ver esto, Amán se llenó de ira. No le pareció suficiente matar solamente a Mardoqueo, sino que decidió destruir a todos los judíos, el pueblo de Mardoqueo, que habitaban por todo el reino.

Amán se presentó ante el rey y pidió que fueran exterminados los judíos, diciendo que tenían sus propias leyes y no guardaban las leyes del rey. El rey se lo permitió.

Entonces Amán hizo promulgar una orden para que, en un solo día, el día trece del mes duodécimo, fueran destruidos, muertos y exterminados todos los judíos, y que sus bienes fueran tomados como despojo. El decreto fue enviado por medio de correos y proclamado por todo el reino.

Cuando el mandamiento y el decreto del rey llegaron a cada provincia, hubo entre los judíos gran luto, ayuno, lloro y lamentación. Muchos se vistieron de saco y se acostaron sobre ceniza.

La reina Ester era judía y prima de Mardoqueo. Mardoqueo le pidió que se presentara ante el rey y suplicara por su pueblo.

Ester sabía que cualquiera que entrara al patio interior para presentarse ante el rey sin haber sido llamado podía morir. Sin embargo, decidió quebrantar aquella norma y acercarse al rey con la determinación de: “si perezco, que perezca”.

Cuando el rey vio a Ester, ella halló gracia delante de sus ojos, y él extendió hacia ella el cetro de oro para recibirla. Entonces le dijo que le concedería su petición.

Ester pidió al rey que salvara su vida y la vida de su pueblo, que habían sido condenados a muerte. Cuando el rey supo que Amán había planeado todo aquello, ordenó que fuera colgado en la horca.

Después, el rey Asuero permitió que Mardoqueo escribiera otro decreto en nombre del rey para salvar a los judíos. Este decreto autorizaba a los judíos de todas las ciudades a reunirse el día trece del mes duodécimo y defender sus vidas contra quienes intentaran atacarlos, y les permitía destruir a sus enemigos y tomar sus bienes como despojo.

Los correos, montados en caballos veloces al servicio del rey, llevaron rápidamente el decreto por todo el reino. Entonces los judíos tuvieron alegría y gozo, hicieron banquetes y convirtieron aquel día en día de celebración.

Por el primer decreto del rey, que ordenaba su exterminio, los judíos habían quedado bajo sentencia de muerte. Si no hubiera existido el segundo decreto que les permitía defender sus vidas, no habrían tenido manera de escapar de la muerte. Pero por medio del segundo decreto fueron librados de la muerte y conservaron la vida.

Fue una ley del rey la que los puso bajo sentencia de muerte, y también fue una ley del rey la que les abrió el camino para conservar la vida.

Toda la Palabra de Dios es ley

Muchas personas piensan que solamente los mandamientos de “haz esto” y “no hagas aquello”, que Moisés recibió de Dios en el monte Sinaí, constituyen la ley de Dios. Sin embargo, no siempre comprenden que la Palabra de Dios misma tiene autoridad de ley.

La Escritura dice:

“Decidme, los que queréis estar debajo de la ley, ¿no habéis oído la ley? Porque escrito está que Abraham tuvo dos hijos; uno de la sierva, el otro de la libre. Mas el de la sierva nació según la carne; pero el de la libre nació por la promesa. Las cuales cosas son dichas por alegoría: porque estas mujeres son los dos pactos; el uno ciertamente del monte Sinaí, el cual engendró para servidumbre, que es Agar.” (Gálatas 4:21–24)

En este pasaje podemos ver que Pablo incluye el relato de Génesis dentro de su exposición de la ley.

Jesús también dijo:

“Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos.” (Lucas 24:44)

Jesús dividió aquí las Escrituras del Antiguo Testamento en “la ley de Moisés, los profetas y los salmos”. La ley de Moisés se refiere a los libros escritos por Moisés, comúnmente llamados el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Además, la Escritura dice:

“Y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo; que después que dijo: Y este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré: Añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados é iniquidades.” (Hebreos 10:15–17)

La Biblia muestra que, después de la muerte de Jesús en la cruz por nuestros pecados, Dios también puso Su ley en nuestros corazones dentro del nuevo pacto.

El apóstol Pablo dijo:

“Y si hago lo que no quiero, ya no lo obro yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí.” (Romanos 7:20–21)

Pablo llamó “ley” incluso al principio que descubrió obrando dentro de sí mismo. Por todo esto podemos comprender que el concepto bíblico de ley abarca más que solamente los mandamientos recibidos por Moisés en el monte Sinaí.

La ley del pecado y de la muerte y la ley del Espíritu de vida

La Escritura dice:

“Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible á la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando á su Hijo en semejanza de carne de pecado, y á causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme á la carne, mas conforme al espíritu.” (Romanos 8:1–4)

La “ley del pecado y de la muerte” mencionada aquí se refiere, en esta explicación, a la ley dada por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Cuando una persona quebranta sus mandamientos, esa ley exige la muerte como consecuencia. Si solamente tuviéramos esta ley, todos tendríamos que morir por nuestros pecados y enfrentar la perdición eterna.

Había un país cuya ley establecía que, durante la guerra, la deserción sería castigada con la muerte. Cuando estalló una guerra y los combates se hicieron cada vez más intensos, muchos soldados desertaron para salvar sus vidas.

Al terminar la guerra, aquellos desertores vivían bajo el temor de la muerte, porque no tenían manera de escapar de la sentencia. Pero entonces el país promulgó una ley que concedía amnistía a los desertores. Finalmente quedaron libres del temor de la muerte y recuperaron su libertad.

Así como aquellos desertores inevitablemente habrían sido capturados y ejecutados si no se hubiera promulgado una ley de amnistía, quienes están bajo “la ley del pecado y de la muerte” no pueden escapar de la muerte a menos que haya una nueva ley que les dé vida.

Pero Jesús sufrió en la cruz, en lugar de los pecadores, la muerte que correspondía a quienes habían quebrantado la ley, y así los libró de la maldición de la ley. Esta noticia es el evangelio para quienes estaban sentados bajo sombra de muerte, y por medio de este evangelio recibieron vida. Por eso el evangelio de Jesucristo es “la ley del Espíritu de vida”, que da vida a los muertos.

Jesús cumplió las exigencias de la ley, de modo que esta ya no tiene nada que exigirnos. Entonces, por medio de Su carne, Jesús abolió la ley de los mandamientos que nos condenaba y nos reconcilió con Dios. Acerca de esto, la Escritura dice:

“Mas ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación; dirimiendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos en orden á ritos, para edificar en sí mismo los dos en un nuevo hombre, haciendo la paz, y reconciliar por la cruz con Dios á ambos en un mismo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino, y anunció la paz á vosotros que estabais lejos, y á los que estaban cerca: que por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.” (Efesios 2:13–18)

Puesto que Jesús abolió “la ley del pecado y de la muerte”, ya no hay una ley que pueda condenarnos. Dios está en Cristo Jesús, y en Jesús está “la ley del Espíritu de vida”; por eso, para quienes estamos en Cristo Jesús no hay condenación.

Por esta razón Dios nos prometió:

“Y nunca más me acordaré de sus pecados é iniquidades.” (Hebreos 10:17)

Somos santificados por la ley, y esa santidad es preservada

En la ley está escrito:

“Y toda décima de vacas ó de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara, la décima será consagrada á Jehová. No mirará si es bueno ó malo, ni lo trocará: y si lo trocare, él y el trocado serán cosas sagradas; no se redimirá.” (Levítico 27:32–33)

Una oveja o una vaca llegaba a ser consagrada a Jehová simplemente porque era la décima en pasar bajo la vara del pastor, independientemente de su propia voluntad. Por lo tanto, lo que la hacía santa era la ley que declaraba que todo décimo animal que pasara bajo la vara sería consagrado a Jehová.

La ley tiene dos aspectos. Condena al que quebranta los mandamientos, pero al mismo tiempo también señala y explica a Jesucristo. Así como la ley declaraba santo al décimo animal que pasaba bajo la vara del pastor, el evangelio que declara que Jesús perdonó todos nuestros pecados nos ha hecho santos.

La ley también ordenaba que no se examinara si el animal consagrado era bueno o malo ni se lo cambiara por otro. Si alguien intentaba cambiarlo, tanto el animal original como aquel por el cual se lo cambiaba quedaban consagrados.

Así podemos ver que, una vez que un animal era santificado, su condición de santo no podía ser anulada, sino que quedaba protegida por la misma ley. De igual manera, nuestra santidad, recibida por medio del evangelio de Jesucristo, es preservada por ese mismo evangelio. Por eso nuestra santidad no es algo que pueda quebrarse, sino que es permanente.

Jesús quitó lo primero para establecer lo segundo

Antes de enviar a Pedro a predicar el evangelio a Cornelio, centurión romano, Dios le mostró una visión mientras oraba.

En la visión, Pedro vio descender del cielo algo semejante a un gran lienzo atado de las cuatro puntas. En él había animales cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo. Entonces oyó una voz que le decía:

“Levántate, Pedro, mata y come.” (Hechos 11:7)

Pedro respondió:

“Señor, no: porque ninguna cosa común ó inmunda entró jamás en mi boca.” (Hechos 11:8)

Entonces volvió a oírse desde el cielo:

“Lo que Dios limpió, no lo llames tú común.” (Hechos 11:9)

La ley distingue entre animales limpios e inmundos. Entre ellos, la ley declaraba abominables y prohibía comer los animales acuáticos que no tenían aletas y escamas. Por eso Pedro no comía animales inmundos. Sin embargo, en la visión oyó que Dios había limpiado aquello que anteriormente era considerado inmundo.

Los animales sin aletas y escamas eran considerados inmundos porque la ley los declaraba así; pero, según esta explicación, al quitar Jesús aquella ley que los declaraba inmundos, quedaron limpios. Nosotros también éramos inmundos según la ley, pero hemos sido limpiados mediante la redención de Jesús.

La Escritura dice:

“Entonces dijo: He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad. Quita lo primero, para establecer lo postrero. En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez.” (Hebreos 10:9–10)

Dios quiso quitar lo primero, es decir, la ley del pecado y de la muerte, y establecer lo segundo, la ley del Espíritu de vida. Conforme a esa voluntad, Jesús ofreció Su cuerpo en la cruz por nuestros pecados, quitó aquello que nos condenaba y estableció la ley de gracia que da vida a los muertos: la ley del Espíritu de vida.

Por eso, mediante la obra de Jesús, hemos sido liberados de la ley y estamos bajo la gracia.

Las tinieblas son expulsadas cuando llega la luz

La Escritura dice:

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Romanos 6:14)

Sin embargo, todavía hay personas que viven como si estuvieran bajo la ley. La Escritura dice:

“Empero antes que viniese la fe, estábamos guardados bajo la ley, encerrados para aquella fe que había de ser descubierta.” (Gálatas 3:23)

De este pasaje podemos comprender que quien todavía permanece encerrado bajo la ley no ha creído plenamente el evangelio de Jesucristo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un oficial japonés cumplía su misión en una isla de Filipinas. Mientras estaba allí, Japón se rindió y la guerra terminó. Para informar de esto a los soldados japoneses que permanecían escondidos en las montañas, las fuerzas estadounidenses y filipinas, así como familiares y conocidos, lanzaron folletos anunciando que la guerra había terminado.

Sin embargo, aunque aquel oficial vio los folletos, pensó que se trataba de una estrategia de engaño de los estadounidenses y filipinos y no creyó el mensaje. Durante casi treinta años permaneció escondido, sin creer a quienes le decían que la guerra había terminado. Continuó esperando el regreso del ejército japonés y librando su propia guerra.

Finalmente, un joven japonés lo encontró y trató de hacerle comprender la realidad de que Japón había sido derrotado. El gobierno también intervino y localizó a uno de sus antiguos superiores, quien había sido responsable de darle sus órdenes, y lo llevó ante él. Solo entonces aceptó que la guerra realmente había terminado, y finalmente la guerra terminó también en su corazón.

De la misma manera, aquel oficial continuó viviendo como si la guerra no hubiera terminado porque, aun viendo los folletos que anunciaban su fin, no creyó el mensaje y prefirió confiar en sus propios pensamientos. Asimismo, aunque una persona escuche el evangelio que anuncia que Jesús perdonó nuestros pecados y quitó aquello que nos condenaba, si no cree ese evangelio, continuará viviendo como si todavía estuviera bajo la ley.

El corazón de tal persona está contaminado por muchos pensamientos que impiden recibir el evangelio, pensamientos que el Diablo utiliza para obstaculizar la fe.

Ciertos hombres que habían venido de Judea enseñaban a los hermanos de Antioquía:

“Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos.” (Hechos 15:1)

Entonces Pablo y Bernabé tuvieron una fuerte discusión y debate con ellos. Finalmente, los hermanos decidieron enviar a Pablo, a Bernabé y a algunos otros a Jerusalén para consultar acerca de esta cuestión con los apóstoles y los ancianos.

Después de mucha discusión entre los apóstoles y los ancianos en Jerusalén, Pedro se levantó y dijo:

“Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los Gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como á nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis á Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes por la gracia del Señor Jesús creemos que seremos salvos, como también ellos.” (Hechos 15:7–11)

Aquí Pedro dijo que Dios estaba “purificando con la fe sus corazones”.

El corazón de las personas está contaminado por pensamientos de incredulidad que se oponen a Dios, pero cuando una persona cree el evangelio, esos pensamientos equivocados son quitados y su corazón es purificado.

Es semejante a lo que ocurrió con aquel oficial japonés: cuando finalmente aceptó que Japón había perdido la guerra, quedó libre de la falsa idea de que los folletos que había visto eran simplemente una estrategia de engaño de los estadounidenses y filipinos.

Las tinieblas solo desaparecen cuando llega la luz. De la misma manera, cualquiera que cree el evangelio de Jesucristo es librado de sus pensamientos equivocados y descubre que ahora está bajo la ley del Espíritu de vida, la ley que da vida a los muertos.