Salmo 1

Salmo 1

“BIENAVENTURADO el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.” (Salmos 1:1–2)

El Salmo 1 comienza en hebreo con la expresión “Ashrei Ha-Ish”, que puede entenderse como una exclamación: “¡Bienaventurado aquel hombre!” Los versículos que siguen explican quién es verdaderamente bienaventurado.

Cuando leemos esta descripción, podemos sentir que estamos muy lejos de ser esa persona bienaventurada, porque nosotros no hemos vivido así. Sin embargo, no es así, porque estamos en Jesús.

El único que no anduvo en consejo de malos, no estuvo en camino de pecadores, no se sentó en silla de escarnecedores, sino que se deleitó en la ley de Jehová y meditó en ella de día y de noche, fue Jesús. Por eso Jesús tiene la sabiduría y el poder para conducirnos, a nosotros que estamos en Él, al camino de la persona bienaventurada.

Jesús hace que meditemos cada día en la Palabra de Dios y que, por medio de ella, lleguemos a comprender el amor de Dios revelado en Su Palabra. Cuando conocemos ese amor, nuestro corazón se humilla y aprendemos a caminar humildemente con Dios.

Porque este Jesús está con nosotros, somos bienaventurados.

“Y será como el árbol plantado junto á arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.” (Salmos 1:3)

Es natural que un árbol plantado junto a corrientes de agua produzca fruto a su tiempo y que sus hojas no se marchiten, porque está plantado en un lugar donde puede recibir continuamente el agua que necesita.

Pero aquí hay una palabra a la que debemos prestar especial atención: “plantado”.

La palabra hebrea correspondiente es “shatul” (שָׁתוּל), que significa “plantado” o “trasplantado”. No se trata de una semilla que cayó allí por casualidad y creció por sí sola, sino de un árbol que fue colocado y trasplantado cuidadosamente por la intención y la mano de alguien.

Colosenses 1:13 dice:

“Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.” (Colosenses 1:13)

El hecho de que estemos en Jesús no es algo que hayamos conseguido por nuestras propias fuerzas. Es Dios mismo quien nos trasladó y nos plantó en Cristo.

Es como trasladar un árbol que estaba en una tierra seca y plantarlo junto a corrientes abundantes de agua.

En Jesús hay abundancia de la Palabra, suficiente para regar nuestra alma. Aun cuando llegan dificultades y pruebas, podemos vencer porque Dios nos alimenta cada día por medio de Su Palabra.

Salmos 92:12–14 presenta la misma imagen:

“El justo florecerá como la palma: crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán.” (Salmos 92:12–13)

Esta es la verdadera prosperidad.

“No así los malos: sino como el tamo que arrebata el viento. Por tanto no se levantarán los malos en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos.” (Salmos 1:4–5)

Si el justo es comparado con un árbol plantado junto a corrientes de agua, el malo es comparado con el tamo llevado por el viento.

Las raíces del corazón del justo están conectadas con la Palabra de Dios, pero el malo no tiene esas raíces. Por eso, cuando sopla el viento, no tiene la Palabra que pueda sostenerlo y termina siendo llevado de un lado a otro.

Después de trillar el grano, cuando se aventa o se lanza al aire, el grano pesado cae al suelo, mientras que el tamo ligero es llevado por el viento.

Juan el Bautista utilizó esta imagen de la era para hablar de Jesús:

“Su aventador en su mano está, y aventará su era: y allegará su trigo en el alfolí, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.” (Mateo 3:12)

En este mundo, los justos y los malos viven juntos. Pero así como al soplar el viento durante el aventamiento se separan el grano y el tamo, cuando llegue el juicio de Dios, los justos y los malos serán separados para siempre.

Ahora puede parecer que los malos prosperan y permanecen firmes, pero su final no será así. Por eso Asaf, después de haber envidiado la prosperidad de los malos, entró en el santuario de Dios y comprendió cuál sería el fin de ellos. Entonces dijo:

“Hasta que venido al santuario de Dios, entenderé la postrimería de ellos. Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados! ¡cuán en un punto! Acabáronse, fenecieron con turbaciones.” (Salmos 73:17–19)

“Porque Jehová conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá.” (Salmos 1:6)

Cada persona camina por el camino que ha escogido, pero delante de Dios finalmente solo hay dos caminos: el camino de los justos y el camino de los malos.

Jehová conoce el camino de los justos.

La palabra hebrea traducida aquí como “conoce” es “yada” (יָדַע), cuyo significado básico es “conocer”. Que Dios conozca el camino de los justos no significa simplemente que tenga información acerca de ese camino. Significa que conoce profundamente nuestras circunstancias, nuestro corazón e incluso nuestras debilidades.

Por eso, cuando la Escritura dice que “Jehová conoce el camino de los justos”, también expresa que Dios conoce ese camino, vela por él y cuida de quienes andan en él.

El camino de los justos puede ser estrecho y difícil de recorrer. Es un camino en el que necesitamos buscar a Dios y depender de Él, un camino en el que necesitamos Su presencia y Su ayuda.

En cambio, el camino de los malos es el camino ancho y fácil que muchos escogen. Es un camino centrado en uno mismo, en el que la persona, en lugar de buscar la voluntad de Dios, hace lo que parece correcto ante sus propios ojos.

Sin embargo, el final de estos dos caminos es completamente diferente.

El camino de los justos conduce a la vida, mientras que el camino de los malos conduce a la perdición.

Por eso, aunque ahora haya dificultades en el camino de los justos, hay un futuro y una esperanza. Pero en el camino de los malos, aunque haya placeres que puedan disfrutarse por un tiempo, no hay esperanza.