La verdad os hará libres

Leamos Juan 8:32.

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará.” (Juan 8:32)

Una joven fue a visitar la casa de una amiga y allí fue violada por un hombre. Como consecuencia de aquella agresión quedó embarazada. Aunque ella rechazaba a aquel hombre, decidió casarse con él pensando en el hijo que llevaba en su vientre. Sin embargo, él se negó a casarse con ella. Cuando el padre de la joven se enteró de lo sucedido, insistió firmemente en que interrumpiera el embarazo. Finalmente, incapaz de resistir la presión de su padre, la joven abortó.

Después de aquello, quedó profundamente atormentada por la culpa, pensando que había quitado la vida al hijo que llevaba en su vientre. Como no soportaba la idea de volver a encontrarse con aquel hombre, emigró a otro país. Sin embargo, por muy lejos que se fuera, no podía escapar del sentimiento de culpa por lo que había hecho.

Entonces comenzó a asistir a una iglesia. Cada vez que iba, lloraba y pedía a Dios que perdonara su pecado, pero aun así no podía librarse de la culpa.

Pensó que quizá podría aliviar aquella carga ayudando a muchas personas necesitadas. Por eso, a medida que ganaba dinero, ayudaba a quienes atravesaban dificultades económicas. Pero por muchas buenas obras que hiciera, el dolor de su corazón no desaparecía.

Cuando ya estaba completamente agotada, asistió por recomendación de una persona conocida a un seminario bíblico. Allí escuchó estas palabras:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29)

En aquel momento comprendió que su propio pecado también estaba incluido en “el pecado del mundo” que Jesús había llevado. Y llegó a creer que todos sus pecados habían sido perdonados porque Jesús había recibido en la cruz el castigo en su lugar.

Entonces una alegría y una paz indescriptibles llenaron su corazón. Finalmente pudo ser liberada de la culpa y de la condenación que la habían atormentado tan cruelmente.

Ella no obtuvo esa libertad por sus propios esfuerzos. Tampoco la consiguió haciendo buenas obras para ayudar a los demás, ni solamente llorando y orando. Pero cuando escuchó la Palabra de Dios y creyó en Jesucristo, encontró libertad.

Salmos 107 dice:

“Su alma abominó toda vianda, y llegaron hasta las puertas de la muerte. Mas clamaron á Jehová en su angustia, y salvólos de sus aflicciones. Envió su palabra, y curólos, y librólos de su ruina.” (Salmos 107:18–20)

Dios envía Su Palabra, sana a las personas y las libra de su ruina.

Cornelio fue salvo por medio de la Palabra

En Cesarea vivía un hombre llamado Cornelio. Era centurión de una compañía llamada la Italiana. Era un hombre piadoso que temía a Dios con toda su casa, daba muchas limosnas al pueblo y oraba siempre a Dios.

Si las obras humanas fueran una condición para recibir la salvación, Cornelio parecería ser una de las personas más dignas de ser salvas. Sin embargo, nadie puede ser justificado delante de Dios por sus propias obras.

Por eso Dios envió a Pedro a la casa de Cornelio para que le anunciara el evangelio de Jesucristo.

Cuando Pedro llegó, Cornelio había reunido a sus parientes y amigos más cercanos para escuchar la Palabra. Entonces Pedro comenzó a anunciarles el evangelio acerca de Jesucristo.

Mientras Pedro les decía:

“A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hechos 10:43)

el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra.

Ellos no recibieron la salvación por sus buenas obras, sino porque creyeron el evangelio de Jesucristo que les había sido anunciado.

La Palabra tiene poder

La mujer que estaba atormentada por la culpa después de haber abortado escuchó el evangelio de Jesucristo y llegó a comprender la gracia del perdón de los pecados. Asimismo, cuando las personas reunidas en la casa de Cornelio escucharon que por el nombre de Jesús recibirían el perdón de sus pecados, recibieron el Espíritu Santo.

De esta manera, la Palabra tiene poder para salvar al ser humano.

La Palabra tiene poder porque la Palabra es Dios. Juan 1:1 dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1)

Y este Verbo se hizo carne y vino a nosotros en Jesucristo. Por eso las palabras de Jesús tienen poder para cumplir aquello que Él declara.

En una ocasión, Jesús viajaba en una barca con Sus discípulos y se quedó dormido. Entonces se levantó una gran tempestad. Las olas golpeaban la barca y esta comenzaba a llenarse de agua.

Los discípulos despertaron a Jesús y le dijeron:

“Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”

Entonces Jesús reprendió al viento y dijo al mar:

“Calla, enmudece.”

El viento cesó y se hizo grande bonanza.

También, cuando Jesús dijo a Lázaro, que había muerto y estaba en el sepulcro:

“Lázaro, ven fuera.”

el que había estado muerto salió del sepulcro, con las manos y los pies envueltos en vendas.

Y cuando Jesús dijo a la hija muerta de Jairo:

“Talitha cumi… Muchacha, á ti digo, levántate.”

la muchacha se levantó inmediatamente.

Jesús dijo:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” (Juan 14:6)

Y también dijo:

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará.” (Juan 8:32)

Por eso, cuando creemos en nuestro corazón las palabras de Jesús, esa Palabra obra con poder en nosotros y nos hace libres, no solamente del pecado, sino también de todo aquello que nos tenía esclavizados.

Salmos 33:9 dice:

“Porque él dijo, y fué hecho; él mandó, y existió.” (Salmos 33:9)