Leamos Lucas 8:49–56.
“Estando aún él hablando, vino uno de casa del príncipe de la sinagoga á decirle: Tu hija es muerta; no des trabajo al Maestro. Y oyéndolo Jesús, le respondió: No temas: cree solamente, y será salva. Y entrado en casa, no dejó entrar á nadie consigo, sino á Pedro, y á Jacobo, y á Juan, y al padre y á la madre de la moza. Y lloraban todos, y la plañían. Y él dijo: No lloréis; no es muerta, sino que duerme. Y hacían burla de él, sabiendo que estaba muerta. Mas él, tomándola de la mano, clamó, diciendo: Muchacha, levántate. Entonces su espíritu volvió, y se levantó luego: y él mandó que le diesen de comer. Y sus padres estaban atónitos; á los cuales él mandó, que á nadie dijesen lo que había sido hecho.” (Lucas 8:49–56)
En cierta ocasión se realizó un experimento para descubrir cuánto confiaba un paciente en su médico. Sin que el paciente supiera que se trataba de un experimento, el médico le pidió que hiciera algunas cosas que no tenían ninguna relación con su enfermedad. Le hizo sentarse y levantarse repetidamente, e incluso le pidió que permaneciera con los brazos levantados.
Sorprendentemente, el paciente hizo todo lo que el médico le indicó. Cuando terminó el experimento, le preguntaron:
“¿No le pareció extraño? ¿Por qué hizo todo lo que el médico le pidió?”
El paciente respondió sencillamente:
“Porque es médico.”
Las personas aceptan fácilmente las palabras de alguien en quien confían. Por el contrario, cuando no confían en una persona, les resulta difícil aceptar sus palabras, aunque sean verdaderas.
Jairo, el príncipe de la sinagoga, tenía una hija única que estaba muriendo. Por eso se postró a los pies de Jesús y le rogó que fuera a su casa. Jesús comenzó a caminar con Jairo hacia su hogar.
Pero mientras iban de camino, llegó alguien de la casa de Jairo y le dijo:
“Tu hija es muerta; no des trabajo al Maestro.”
Al escuchar aquellas palabras, a Jairo debió parecerle que todo había terminado. Hasta ese momento todavía tenía esperanza: si Jesús llegaba, su hija podría vivir. Pero en el instante en que recibió la noticia de que había muerto, parecía que ya no quedaba ninguna razón para conservar aquella esperanza.
Precisamente entonces Jesús le dijo:
“No temas: cree solamente, y será salva.”
Cuando Jesús llegó a la casa de Jairo, todos estaban llorando y lamentándose por la niña que ya había muerto. Jesús les dijo:
“No lloréis; no es muerta, sino que duerme.”
Entonces se burlaron de Jesús, porque sabían que la niña estaba muerta.
En realidad, aquella burla era una reacción natural. Si la niña simplemente hubiera estado dormida, las personas no habrían llorado y lamentado de aquella manera. Nadie confunde fácilmente el sueño con la muerte. Si alguien insistiera en que algo negro es blanco, los demás probablemente dudarían de su vista o de su juicio. A los ojos de aquellas personas, las palabras de Jesús debieron parecer igualmente absurdas.
Pero Jairo fue diferente.
Jairo también sabía que su hija había muerto. Sin embargo, no se apartó de Jesús. Tampoco regresó a su casa desesperado. Continuó caminando hacia su hogar junto con Jesús.
La diferencia estaba en quién era digno de confianza
¿Qué separó a Jairo de aquellas personas?
La diferencia estaba en la confianza.
Las personas confiaban más en la realidad que veían y conocían. Por eso no pudieron aceptar las palabras de Jesús: “No es muerta, sino que duerme.”
Jairo, en cambio, confió en Jesús más que en la realidad que veía y conocía. Por eso, cuando Jesús le dijo: “No temas: cree solamente”, se aferró a aquellas palabras y continuó caminando con Él.
Si nosotros dijéramos a otras personas: “Jesús lavó todos mis pecados; por eso soy santo”, quizá pensarían que hemos perdido la razón. Especialmente quienes nos conocen bien podrían decir:
“¿Santo tú? Yo sé muy bien cómo eres. Hasta un niño se reiría al oír eso.”
Entonces, ¿cuál es la diferencia entre quienes se burlan de nosotros y nosotros?
También es una diferencia de confianza.
Nosotros confiamos en Dios, quien declara que todos nuestros pecados han sido lavados por la sangre de Jesús; ellos confían en lo que ven y conocen acerca de nosotros.
Confiar en Dios es la esencia de la fe
Una persona que muestra claramente este principio de la fe en la Biblia es Abraham. Romanos 4:19–21 describe su fe de esta manera:
“Y no se enflaqueció en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto (siendo ya de casi cien años), ni la matriz muerta de Sara; tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fué esforzado en fe, dando gloria á Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo.” (Romanos 4:19–21)
Pensemos en la situación de Abraham. Tenía casi cien años y su cuerpo era como si estuviera muerto. El vientre de Sara tampoco estaba ya en condiciones naturales de concebir.
En esencia, esta situación era semejante a la realidad que Jairo tuvo que enfrentar. Así como delante de Jairo estaba el hecho innegable de la muerte de su hija, delante de Abraham estaba el hecho innegable de un cuerpo incapaz de engendrar un hijo.
Sin embargo, la Escritura dice que Abraham, aun conociendo que su cuerpo era como si estuviera muerto, no se debilitó en la fe.
No es que Abraham ignorara la realidad que tenía delante. La conocía perfectamente. Pero confió más en Dios, quien había dicho:
“Tu mujer Sara tendrá un hijo.” (Génesis 18:10)
que en la realidad visible que tenía delante.
Sara también se había reído interiormente cuando escuchó que tendría un hijo. Sin embargo, finalmente creyó en la fidelidad de Dios. Por esa fe llegó a tener una gran descendencia. Hebreos 11:11–12 dice:
“Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir simiente; y parió aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó ser fiel el que lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ése ya amortecido, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está á la orilla de la mar.” (Hebreos 11:11–12)
Aquí podemos ver que Sara no creyó solamente en la promesa de Dios, sino también en la fidelidad del Dios que había hecho aquella promesa.
Esta es la esencia de la fe.
Quien confía en Dios no abandona Su Palabra.
Siguiendo el ejemplo de los antepasados de la fe
En la Biblia aparecen muchas personas que confiaron en Dios. Sus historias no fueron escritas solamente para hablar de ellos, sino también para nosotros. Romanos 4 dice:
“Y no solamente por él fué escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, á quienes será imputado, esto es, á los que creemos en el que levantó de los muertos á Jesús Señor nuestro, el cual fué entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos 4:23–25)
Así como Abraham y Sara conocían perfectamente la realidad de sus propios cuerpos y, aun así, dejaron de apoyarse en lo que veían para confiar en Dios, nosotros también debemos dejar de apoyarnos en todo aquello que vemos y conocemos acerca de nosotros mismos y confiar más en Dios, quien nos justifica por medio de Jesucristo.
Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Puesto que esto es cierto, Jesús nos dice hoy lo mismo que dijo a Jairo:
“No temas: cree solamente.”
