No hay otro evangelio

Leamos Gálatas 1:6–8.

“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis traspasado del que os llamó á la gracia de Cristo, á otro evangelio: No que hay otro, sino que hay algunos que os inquietan, y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema.” (Gálatas 1:6–8)

En el mundo existen muchos evangelios diferentes del evangelio de Jesucristo que enseña la Biblia. Sin embargo, sería prácticamente imposible enumerar y refutar uno por uno todos esos evangelios falsos. Aun así, no es tan difícil discernir si el evangelio que alguien predica es el verdadero evangelio o un evangelio diferente. Lo que necesitamos es conocer con precisión el verdadero evangelio que enseña la Escritura.

Una vez escuché una historia. Un joven consiguió trabajo en una tienda de antigüedades. Desde su primer día, el dueño no le encargó ninguna otra tarea, sino que le entregó una antigüedad y le dijo que la limpiara cuidadosamente. Pasó un día, luego dos, luego tres, y el joven continuaba limpiando todos los días la misma antigüedad.

Un día, el dueño le pidió que atendiera a un cliente. Al principio, el joven se sintió desconcertado, porque pensaba que no tenía los conocimientos necesarios para determinar si una antigüedad era auténtica o falsa.

Sin embargo, para su sorpresa, pudo reconocer fácilmente si el objeto que había traído el cliente era auténtico o falso. La razón era que la antigüedad que había estado limpiando todos los días era una pieza auténtica. Mientras la observaba y la limpiaba día tras día, sin darse cuenta había llegado a conocer las características de una pieza genuina. Por eso, si el objeto que traía un cliente era siquiera un poco diferente de la pieza auténtica que él veía todos los días, podía reconocer rápidamente que era falso.

No sé si esta historia ocurrió realmente, pero creo que ilustra bien este principio. Los médicos también pueden detectar con facilidad anomalías en una radiografía porque conocen con precisión el aspecto normal del cuerpo. Si algo se ve diferente de lo normal, saben que puede existir un problema.

Lo mismo sucede con el evangelio. Más importante que buscar cada evangelio falso y estudiar uno por uno por qué está equivocado es conocer con precisión el verdadero evangelio que enseña la Biblia.

El otro evangelio que entró en las iglesias de Galacia

¿Cuál era el otro evangelio contra el cual Pablo advirtió en Gálatas?

La falsa enseñanza que había entrado en las iglesias de Galacia afirmaba que la fe en Jesucristo por sí sola no era suficiente, sino que era necesario añadir también las obras de la ley para poder ser justificado. En otras palabras, añadían las obras humanas a la obra de Cristo.

Un estudiante preguntó una vez a su maestro de la Biblia:

“Maestro, ¿podemos ir al cielo solamente creyendo en Jesús?”

El maestro respondió:

“¿No será insuficiente creer solamente en Jesús? ¿No deberíamos también vivir haciendo el bien?”

A primera vista, las palabras del maestro pueden parecer correctas, pero en realidad presentan otro evangelio.

Por supuesto, muchas partes de la Biblia enseñan que los creyentes deben vivir de una manera digna conforme a la voluntad de Dios y llegar a ser un pueblo de Dios celoso de buenas obras. Sin embargo, si enseñamos que las buenas obras son una condición para recibir la salvación, estamos pervirtiendo el evangelio.

Las buenas obras son el fruto que aparece en la vida de quienes han sido salvos y son una evidencia de que pertenecen a Dios. Pero esas buenas obras no pueden convertirse en una condición para recibir la salvación.

Si una persona pudiera ser justificada por sus propias obras, no habría sido necesario que Jesús muriera en la cruz. La cruz de Cristo ya no sería necesaria para nosotros. Por eso el apóstol Pablo dice en Gálatas 2:21:

“No desecho la gracia de Dios: porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” (Gálatas 2:21)

Solamente por la fe

En los días de los apóstoles hubo controversias entre los judíos acerca de la circuncisión, pero un acto religioso como la circuncisión no puede ser el fundamento de la salvación.

La salvación es solamente por la fe en Jesucristo. Por eso el apóstol Pablo declaró claramente:

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión; sino la fe que obra por la caridad.” (Gálatas 5:6)

Por esta razón, muchas personas consideran Juan 3:16 uno de los versículos centrales de toda la Biblia:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

Este versículo muestra claramente que el fundamento por el cual una persona recibe la vida eterna no se encuentra en sus propias obras. Dios dio a Su Hijo unigénito, y quien cree en Él recibe la vida eterna.

Jesús también relacionó Su muerte en la cruz con el acontecimiento en el que Moisés levantó la serpiente de metal en el desierto:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:14–15)

Cuando los israelitas fueron mordidos por las serpientes ardientes, Dios hizo que todo aquel que mirara la serpiente levantada viviera. No sobrevivieron porque hubieran curado sus propias heridas ni porque hubieran demostrado su propia justicia. Vivieron porque, conforme a la Palabra de Dios, miraron la serpiente levantada sobre el asta.

De la misma manera, nosotros tampoco recibimos la salvación por nuestras obras. Somos salvos por la fe en Jesucristo, quien murió en nuestro lugar y nos justificó.

Este es el evangelio.

Lo que no debe mezclarse

Si añadimos las obras humanas como una condición para la salvación, el evangelio deja de ser el evangelio que enseña la Biblia. En el momento en que añadimos algo a la obra de Cristo, el evangelio se corrompe y se convierte en otro evangelio.

Levítico 19:19 dice:

“Mis estatutos guardaréis. A tu animal no harás ayuntar para misturas; tu haza no sembrarás con mistura de semillas, y no te pondrás vestidos con mezcla de diversas cosas.” (Levítico 19:19)

En estas palabras podemos ver también un significado espiritual: no debemos mezclar nuestras obras con el evangelio de Jesucristo. No debemos añadir los méritos humanos a los méritos de Cristo, ni nuestra propia justicia a la gracia de Dios.

Dios permitió que los israelitas mordidos por las serpientes ardientes fueran sanados simplemente mirando la serpiente levantada; y también hizo posible que nosotros, siendo pecadores, recibamos la salvación creyendo en Jesús. Todo esto es porque Dios nos ama y nos concede Su gracia.

Por eso Pablo hace esta solemne advertencia:

“Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído.” (Gálatas 5:4)